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Los Professores como Intelectuales
Transformativos
Henry A. Giroux
Contrariamente a muchos movimientos de reforma
educativa del pasado el llamamiento actual al cambio educativo
representa al mismo tiempo una amenaza y un desafío para los
profesores de la escuela pública, en una medida realmente
desconocida hasta ahora en la historia de nuestra nación. La
amenaza está representada por una serie de reformas educativas
que muestran escasa confianza en la habilidad de los profesores
de la escuela pública para ejercer el liderazgo intelectual y
moral en favor de la juventud de nuestra nación. Por ejemplo,
muchas de las recomendaciones surgidas en el debate actual, o
bien ignoran el papel que desempeñan los profesores en la
formación de los estudiantes como ciudadanos críticos y activos,
o bien sugieren reformas que no tienen en cuenta la
inteligencia, el punto de vista y la experiencia que puedan
aportar los profesores al debate en cuestión. Allí donde los
profesores entran de hecho en el debate, son objeto de reformas
educativas que los reducen a la categoría de técnicos superiores
encargados de llevar a cabo dictámenes y objetivos decididos por
expertos totalmente ajenos a las realidades cotidianas de la
vida del aula. El mensaje implícito en esta práctica parece ser
el de que los profesores no cuentan cuando se trata de examinar
críticamente la naturaleza y el proceso de la reforma educativa.
El clima político e ideológico no parece favorable para los
profesores en este momento. En todo caso, éstos tienen ante sí
el reto de entablar un debate público con sus críticos, así como
la oportunidad de comprometerse haciendo la autocrítica
necesaria con respecto a la naturaleza y la finalidad de la
preparación del profesorado, los programas de perfeccionamiento
del profesorado y las formas dominantes de la enseñanza en el
aula. Por otra parte, el debate ofrece a los profesores la
oportunidad de organizarse colectivamente para mejorar las
condiciones de su trabajo y para demostrar a la opinión pública
el papel central que debe reservarse a los profesores en
cualquier intento viable de reforma de la escuela pública.
Para que los profesores y otras personas relacionadas con la
escuela se comprometan en este debate es necesario desarrollar
una perspectiva teórica que redefina la naturaleza de la crisis
educativa y que al mismo tiempo proporcione la base para un
punto de vista alternativo sobre la formación y el trabajo de
los profesores. En pocas palabras, el reconocimiento de que la
actual crisis educativa tiene mucho que ver con la tendencia
progresiva a la reducción del papel de los profesores en todos
los niveles educativos es un prerrequisito teórico necesario
para que los docentes se organicen con eficacia y dejen oír
colectivamente su voz en el actual debate. Además, este
reconocimiento deberá luchar a brazo partido no sólo con la
pérdida creciente de poder entre los profesores en lo que se
refiere a las condiciones básicas de su trabajo, sino también
con una percepción pública cambiante de su papel como
profesionales de la reflexión.
Desearía hacer una pequeña aportación teórica a este debate y al
desafío que el mismo origina examinando dos problemas
importantes que necesitan de un cierto análisis para mejorar la
calidad del «trabajo de profesor», que incluye tanto las tareas
administrativas y algunos compromisos opcionales como la
instrucción en el aula. En primer lugar, opino que es necesario
examinar las fuerzas ideológicas y materiales que han
contribuido a lo que podríamos llamar la proletarización del
trabajo del profesor, es decir, la tendencia a reducir a los
profesores a la categoría de técnicos especializados dentro de
la burocracia escolar, con la consiguiente función de gestionar
y cumplimentar programas curriculares en lugar de desarrollar o
asimilar críticamente los currículos para ajustarse a
preocupaciones pedagógicas específicas. En segundo lugar, está
la necesidad de defender las escuelas como instituciones
esenciales para el mantenimiento y el desarrollo de una
democracia crítica y también para defender a los profesores como
intelectuales transformativos que combinan la reflexión y la
práctica académicas con el fin de educar a los estudiantes para
que sean ciudadanos reflexivos y activos En lo que resta del
ensayo trataré de desarrollar estos puntos, examinando
finalmente sus implicaciones para ofrecer una visión alternativa
del trabajo de los profesores.
Devaluación y deshabilitación del trabajo de profesor
Una de las amenazas más importantes a que tienen que hacer
frente los futuros y los actuales profesores de la escuela
pública es el creciente desarrollo de ideologías instrumentales
que acentúan el enfoque tecnocrático tanto de la formación del
profesorado como de la pedagogía del aula. El actual énfasis en
los factores instrumentales y pragmáticos de la vida escolar se
basa esencialmente en una serie de importantes postulados
pedagógicos. Entre ellos hay que incluir: la llamada a separar
la concepción de la ejecución; la estandarización del
conocimiento escolar con vistas a una mejor gestión y control
del mismo; y la devaluación del trabajo crítico e intelectual
por parte de profesores y estudiantes en razón de la primacía de
las consideraciones prácticas.
Este tipo de racionalidad instrumental encuentra una de sus
expresiones más poderosas en la formación de los futuros
profesores. Está documentado a la perfección el hecho de que los
programas para la formación de profesores en los Estados Unidos
han estado dominados desde hace tiempo por una orientación
conductista y por el énfasis en el dominio de áreas de
asignaturas y de métodos de enseñanza. Las implicaciones de este
enfoque, tal como las señala acertadamente Zeichner, son:
· · Bajo esta orientación de la formación de los profesores se
esconde una metáfora de «producción», una visión de la enseñanza
como una «ciencia aplicada» y una visión del profesor como, ante
todo, un «ejecutor» de las leyes y principios del aprendizaje
efectivo. Los futuros profesores tal vez avancen a través del
currículum a su propio ritmo y tal vez tomen parte en
actividades de aprendizaje variadas o estandarizadas, pero, en
todo caso, lo que tienen que dominar es de un alcance limitado
(por ejemplo, un cuerpo de conocimientos de contenido
profesional y las habilidades de enseñanza) y está plenamente
determinado de antemano por otros, a menudo basándose en la
investigación sobre la efectividad de los enseñantes. El futuro
profesor es contemplado ante todo como un receptor pasivo de
este conocimiento profesional y apenas interviene en la
determinación de la sustancia y orientación de su programa de
preparación.
Los problemas derivados de este enfoque aparecen claramente
enunciados en la afirmación de John Dewey acerca de que los
programas de adiestramiento de los profesores que sólo acentúan
la habilidad resultan de hecho contraproducentes tanto para la
naturaleza de la enseñanza como para los estudiantes. En lugar
de aprender a reflexionar sobre los principios que estructuran
la vida y la práctica del aula, a los futuros profesores se les
enseñan metodologías que parecen negar la necesidad misma del
pensamiento crítico. Lo decisivo aquí es el hecho de que los
programas de educación del profesorado a menudo pierden de vista
la necesidad de educar a los estudiantes para que examinen la
naturaleza subyacente de los problemas escolares. Es más, estos
programas necesitan sustituir el lenguaje de la gestión y la
eficacia por un análisis crítico de las condiciones menos obvias
que estructuran las prácticas ideológicas y materiales de la
instrucción escolar.
En lugar de aprender a plantear cuestiones acerca de los
principios subyacentes a los diferentes métodos pedagógicos, a
las técnicas de investigación y a las teorías educativas, los
estudiantes se entretienen a menudo en el aprendizaje del «cómo
enseñar», con «qué libros» hacerlo, o en el dominio de la mejor
manera de transmitir un cuerpo dado de conocimientos. Por
ejemplo, los seminarios obligatorios de prácticas de campo a
menudo se reducen a que algunos estudiantes compartan entre sí
las técnicas utilizadas para manipular y controlar la disciplina
del aula, para organizar las actividades de una jornada, y para
aprender a trabajar dentro de una distribución específica del
tiempo. Al examinar uno de esos programas, Jesse Goodman plantea
algunas cuestiones importantes acerca de los descalificadores
silencios que presenta. Escribe el autor citado:
· · No se cuestionaban en modo alguno sentimientos, postulados o
definiciones en este debate. Por ejemplo, la «necesidad» de las
recompensas y los castigos externos para «conseguir que los
chicos aprendiesen» era algo que se daba por sentado; las
implicaciones educativas y éticas ni siquiera se mencionaban.
Tampoco se mostraba preocupación por estimular o acrecentar el
deseo intrínseco del niño de aprender. Definiciones de chicos
buenos como «chicos tranquilos», de trabajo en el cuaderno
escolar como «lectura», de tiempo dedicado a los deberes como
«aprendizaje», y de conseguir llegar al final de la materia
cumpliendo el horario como «la meta de la enseñanza», todas
ellas pasaron sin discusión alguna. Tampoco se investigaron los
sentimientos de urgencia y de posible culpabilidad por no
atenerse a los horarios señalados. La auténtica preocupación en
este debate era que todos «participasen».
Así pues, las racionalidades tecnocrática e instrumental actúan
dentro del campo mismo de la enseñanza y desempeñan un papel
cada vez más importante en la reducción de la autonomía del
profesor con respecto al desarrollo y planificación de los
currículos y en el enjuiciamiento y aplicación de la instrucción
escolar. Esto se pone en evidencia sobre todo en la
proliferación de lo que se ha dado en llamar materiales
curriculares «a prueba del profesor». La base racional
subyacente en muchos de esos materiales reserva a los profesores
el papel de simples ejecutores de procedimientos de contenido
predeterminado e instruccionales. El método y el objetivo de
estos materiales es legitimar lo que yo suelo llamar pedagogías
basadas en la gestión. Es decir, el conocimiento se fracciona en
partes discontinuas, se estandariza para facilitar su gestión y
consumo, y se mide a través de formas predefinidas de
evaluación. Los enfoques curriculares de este tipo constituyen
pedagogías de gestión porque las cuestiones centrales referentes
al aprendizaje se reducen a un problema de gestión, que
podríamos enunciar así: «¿Cómo asignar los recursos (profesores,
estudiantes y materiales) para conseguir que se gradúe el mayor
número posible de estudiantes dentro de un espacio de tiempo
determinado?» El postulado teórico subyacente que guía este tipo
de pedagogía es que la conducta de los profesores necesita ser
controlada y convertida en algo coherente y predecible a través
de diferentes escuelas y poblaciones estudiantiles.
Lo que es evidente en este enfoque es que organiza la vida
escolar en torno a expertos en currículos, en instrucción y en
evaluación, a los cuales se asigna de hecho la tarea de pensar,
mientras que los profesores se ven reducidos a la categoría de
simples ejecutores de esos pensamientos. El efecto es que no
sólo se descalifica a los profesores y se les aparta de los
procesos de deliberación y reflexión, sino que, además, la
naturaleza del aprendizaje y la pedagogía del aula se convierten
en procesos rutinarios. No será necesario decir que los
principios subyacentes a las pedagogías gestionarias están en
desacuerdo con la premisa de que los profesores deberían
participar activamente en la puesta a punto de los materiales
curriculares adecuados para los contextos culturales y sociales
en los que enseñan. Más concretamente, la reducción de las
opciones curriculares a un formato inspirado en la «vuelta a lo
básico» y la introducción de pedagogías basadas en obstáculos y
deberes actúan a partir del postulado teórico erróneo de que
todos los estudiantes pueden aprender utilizando los mismos
materiales, las mismas técnicas de impartir instrucción en el
aula y las mismas modalidades de evaluación. La idea de que los
estudiantes presentan diferentes historias y encarnan diferentes
experiencias, prácticas lingüísticas, culturas y talentos no
alcanza ninguna importancia estratégica dentro de la lógica y
del alcance explicativo de la teoría pedagógica gestionaria.
Los profesores como intelectuales transformativos
A continuación trataré de defender la idea de que una manera de
repensar y reestructurar la naturaleza del trabajo docente es la
de contemplar a los profesores como intelectuales
transformativos. La categoría de intelectual resulta útil desde
diversos puntos de vista. En primer lugar, ofrece una base
teórica para examinar el trabajo de los docentes como una forma
de tarea intelectual, por oposición a una definición del mismo
en términos puramente instrumentales o técnicos. En segundo
lugar, aclara los tipos de condiciones ideológicas y prácticas
necesarias para que los profesores actúen como intelectuales. En
tercer lugar, contribuye a aclarar el papel que desempeñan los
profesores en la producción y legitimación de diversos intereses
políticos, económicos y sociales a través de las pedagogías que
ellos mismos aprueban y utilizan.
Al contemplar a los profesores como intelectuales, podemos
aclarar la importante idea de que toda actividad humana implica
alguna forma de pensamiento. Ninguna actividad, por rutinaria
que haya llegado a ser, puede prescindir del funcionamiento de
la mente hasta una cierta medida. Este es un problema crucial,
porque, al sostener que el uso de la mente es un componente
general de toda actividad humana, exaltamos la capacidad humana
de integrar pensamiento y práctica, y al hacer esto ponemos de
relieve el núcleo de lo que significa contemplar a los
profesores como profesionales reflexivos de la enseñanza. Dentro
de este discurso, puede verse a los profesores como algo más que
«ejecutores profesionalmente equipados para hacer realidad
efectiva cualquiera de las metas que se les señale. Más bien
[deberían] contemplarse como hombres y mujeres libres con una
especial dedicación a los valores de la inteligencia y al
encarecimiento de la capacidad crítica de los jóvenes».
La visión de los profesores como intelectuales proporciona,
además, una fuerte crítica teórica de las ideologías
tecnocráticas e instrumentales subyacentes a una teoría
educativa que separa la conceptualización, la planificación y el
diseño de los currículos de los procesos de aplicación y
ejecución. Hay que insistir en la idea de que los profesores
deben ejercer activamente la responsabilidad de plantear
cuestiones serias acerca de lo que ellos mismos enseñan, sobre
la forma en que deben enseñarlo y sobre los objetivos generales
que persiguen. Esto significa que los profesores tienen que
desempeñar un papel responsable en la configuración de los
objetivos y las condiciones de la enseñanza escolar. Semejante
tarea resulta imposible dentro de una división del trabajo en la
que los profesores tienen escasa influencia sobre las
condiciones ideológicas y económicas de su trabajo. Este punto
tiene una dimensión normativa y política que parece
especialmente relevante para los profesores. Si creemos que el
papel de la enseñanza no puede reducirse al simple
adiestramiento en las habilidades prácticas sino que, por el
contrario, implica la educación de una clase de intelectuales
vital para el desarrollo de una sociedad libre, entonces la
categoría de intelectual sirve para relacionar el objetivo de la
educación de los profesores, de la instrucción pública y del
perfeccionamiento de los docentes con los principios mismos
necesarios para desarrollar una ordenación y una sociedad
democráticas .
Personalmente he sostenido que el hecho de ver a los profesores
como intelectuales nos capacita para empezar a repensar y
reformar las tradiciones y condiciones que hasta ahora han
impedido que los profesores asuman todo su potencial como
académicos y profesionales activos y reflexivos. Creo que es
importante no sólo ver a los profesores como intelectuales, sino
también contextualizar en términos políticos y normativos las
funciones sociales concretas que realizan los docentes. De esta
manera, podemos ser más específicos acerca de las diferentes
relaciones que entablan los profesores tanto con su trabajo como
con la sociedad dominante.
Un punto de partida para plantear la cuestión de la función
social de los profesores como intelectuales es ver las escuelas
como lugares económicos, culturales y sociales inseparablemente
ligados a los temas del poder y el control. Esto quiere decir
que las escuelas no se limitan simplemente a transmitir de
manera objetiva un conjunto común de valores y conocimientos.
Por el contrario, las escuelas son lugares que representan
formas de conocimiento, usos lingüísticos, relaciones sociales y
valores que implican selecciones y exclusiones particulares a
partir de la cultura general. Como tales, las escuelas sirven
para introducir y legitimar formas particulares de vida social.
Más que instituciones objetivas alejadas de la dinámica de la
política y el poder, las escuelas son de hecho esferas debatidas
que encarnan y expresan una cierta lucha sobre qué formas de
autoridad, tipos de conocimiento, regulación moral e
interpretaciones del pasado y del futuro deberían ser
legitimadas y transmitidas a los estudiantes. Esta lucha es del
todo evidente, por ejemplo, en las exigencias de los grupos
religiosos de derechas, que tratan de imponer la oración en la
escuela, de retirar determinados libros de las bibliotecas
escolares y de incluir algunas enseñanzas religiosas en los
currículos científicos. Naturalmente, también presentan sus
propias demandas las feministas, los ecologistas, las minorías y
otros grupos de interés que creen que las escuelas deberían
enseñar estudios femeninos, cursos sobre el entorno o historia
de los negros. En pocas palabras, las escuelas no son lugares
neutrales, y consiguientemente tampoco los profesores pueden
adoptar una postura neutral.
En el sentido más amplio, los profesores como intelectuales han
de contemplarse en función de los intereses ideológicos y
políticos que estructuran la naturaleza del discurso, las
relaciones sociales del aula y los valores que ellos mismos
legitiman en su enseñanza. Con esta perspectiva en la mente,
quiero extraer la conclusión de que, si los profesores han de
educar a los estudiantes para ser ciudadanos activos y críticos,
deberían convertirse ellos mismos en intelectuales
transformativos.
Un componente central de la categoría de intelectual
transformativo es la necesidad de conseguir que lo pedagógico
sea más político y lo político más pedagógico. Hacer lo
pedagógico más político significa insertar la instrucción
escolar directamente en la esfera política, al demostrarse que
dicha instrucción representa una lucha para determinar el
significado y al mismo tiempo una lucha en torno a l
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as
relaciones de poder. Dentro de esta perspectiva, la reflexión y
la acción críticas se convierten en parte de un proyecto social
fundamental para ayudar a los estudiantes a desarrollar una fe
profunda y duradera en la lucha para superar las injusticias
económicas, políticas y sociales y para humanizarse más a fondo
ellos mismos como parte de esa lucha. En este sentido, el
conocimiento y el poder están inextricablemente ligados a la
presuposición de que escoger la vida, reconocer la necesidad de
mejorar su carácter democrático y cualitativo para todas las
personas, equivale a comprender las condiciones previas
necesarias para luchar por ello.
Hacer lo político más pedagógico significa servirse de formas de
pedagogía que encarnen intereses políticos de naturaleza
liberadora; es decir, servirse de formas de pedagogía que traten
a los estudiantes como sujetos críticos, hacer problemático el
conocimiento, recurrir al diálogo crítico y afirmativo, y apoyar
la lucha por un mundo cualitativamente mejor para todas las
personas. En parte, esto sugiere que los intelectuales
transformativos toman en serio la necesidad de conceder a los
estudiantes voz y voto en sus experiencias de aprendizaje. Ello
implica, además, que hay que desarrollar un lenguaje propio
atento a los problemas experimentados en el nivel de la vida
diaria, particularmente en la medida en que están relacionados
con las experiencias conectadas con la práctica del aula. Como
tal, el punto de partida pedagógico para este tipo de
intelectuales no es el estudiante aislado, sino los individuos y
grupos en sus múltiples contextos culturales, de clase social,
raciales, históricos y sexuales, juntamente con la
particularidad de sus diversos problemas, esperanzas y sueños.
Los intelectuales transformativos necesitan desarrollar un
discurso que conjugue el lenguaje de la crítica con el de la
posibilidad, de forma que los educadores sociales reconozcan que
tienen la posibilidad de introducir algunos cambios. En este
sentido, los intelectuales en cuestión tienen que pronunciarse
contra algunas injusticias económicas, políticas y sociales,
tanto dentro como fuera de las escuelas. Paralelamente, han de
esforzarse por crear las condiciones que proporcionen a los
estudiantes la oportunidad de convertirse en ciudadanos con el
conocimiento y el valor adecuados para luchar con el fin de que
la desesperanza resulte poco convincente y la esperanza algo
práctico. Por difícil que pueda parecer esta tarea a los
educadores sociales, es una lucha en la que merece la pena
comprometerse. Comportarse de otro modo equivaldría a negar a
los educadores sociales la oportunidad de asumir el papel de
intelectuales transformativos.
FONTE:
http://habitantes.elsitio.com/llens
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