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Multilingüísmo y
Multiculturalidad - El Valor Político del Uso de la Propia
Lengua
Ignasi Vila
AUniversitat de Girona - Espanya
Facultat de les Cièncias de la Educació
Introducción
Las
sociedades de la Europa Occidental, entre las que nos contamos,
se caracterizan cada vez más por su carácter pluricultural y
plurilingüístico. Por ejemplo, 1/5 parte de la población de
Inglaterra es de raza negra. En Francia, el Islam es la segunda
religión después de la católica. En Londres se hablan más de 100
lenguas, etc. En nuestro país, las cosas no son muy distintas.
Y, por ejemplo, si nos atenemos únicamente a las cifras legales,
en poblaciones importantes de las comarcas de Girona como Roses,
Banyoles, Figueres, etc., la inmigración extracomunitaria
(magrebíes, gambianos y senegaleses) oscila entre un 3% y un 6%
del conjunto de la población. Además, no cabe duda que la
heterogeneidad cultural y lingüística presente de antaño en el
Estado Español comporta también la heterogeneidad en el plano de
la identidad. Así, en una sociedad como Catalunya en la que la
población mayoritariamente se identifica como catalana y
española podemos encontrar toda la gama de autocategorizaciones
desde la exclusivamente catalana a la exclusivamente española.
Esta realidad choca de
frente con el pensamiento tradicional a partir del cual se
constituyeron los Estados-Nación. Así, la concepción tradicional
se plasmaba en la fórmula “un estado, una nación, una cultura,
una lengua” de modo que la heterogeneidad era vista como una
“anomalía” a superar o como restos o vestigios de un pasado
feudal, irracional y, en consecuencia, en contra del progreso[1].
Sin embargo, el esfuerzo realizado por los estados para
conseguir eliminar la heterogeneidad cultural y lingüística
interna no sólo no ha tenido el éxito esperado sino que ha
suscitado resistencias importantes. De una parte, han aparecido
confrontaciones entre valores opuestos de las distintas clases
sociales y, de la otra, han surgido movimientos políticos y
sociales vertebrados por la defensa de la propia lengua, cultura
e identidad. Recientemente, aunque con mucha lentitud y
resistencia, ha surgido otro tipo de pensamiento político y
social en el que no sólo se reconoce la heterogeneidad que
existe “de facto”, sino que se afirma su naturaleza positiva y,
por tanto, se opone a las concepciones que afirman el carácter
“anómalo” o “retrogrado” de la heterogeneidad cultural,
lingüística y de identidad.
La concepción de la escuela
única, importada de la Revolución Francesa, ha sido uno de los
instrumentos más importantes -al menos hasta la aparición de los
medios de comunicación de masas masivos- para conseguir la
anhelada homogeneidad. Bajo la etiqueta de la integración
se ha practicado -y se practica- una política asimilacionista al
patrón cultural supuestamente mayoritario que no deja de ser el
de los grupos sociales que detentan el poder político y
económico.
En el ámbito de la lengua
ello es aún más evidente. Por ejemplo, las ideas de la
Conferencia de Luxemburgo y de la UNESCO sobre la importancia de
usar la lengua propia de los escolares en las actividades de
enseñanza y aprendizaje se tradujo en los programas de educación
bilingüe, denominados transicionales o uniletrados[2],
en los que sólo se trataba de posibilitar a dichos escolares su
incorporación a la lengua mayoritaria de forma suave sin que, en
ningún caso, existiera la preocupación por fomentar su propia
lengua y su cultura. De hecho, en la inmensa mayoría de los
países europeos no se hace ni esto y la mayoría de niños y niñas
pertenecientes a minorías étnicas se ven forzados a
escolarizarse en la lengua mayoritaria sin que su lengua y su
cultura tenga la más mínima presencia en el contexto escolar.
Por ejemplo, en Catalunya, además de lo anterior, se practica
-por cierto, con poco éxito- la política de la dispersión de
modo que a estos escolares, bajo el argumento de que es mejor
para su integración, se les intenta impedir que se concentren en
determinadas escuelas y se constituyan como minoría con el
consiguiente derecho a reivindicar la presencia de su lengua y
su cultura.
Evidentemente, la
consideración de la heterogeneidad como un hecho positivo en sí
mismo no resuelve de entrada los problemas y las cuestiones
inherentes a la coherencia y la cohesión social. Pero,
probablemente, es una vía más adecuada y con más garantías de
éxito que lo conocido hasta ahora, lo cual se caracteriza por la
represión, la negación de los derechos individuales y
colectivos, el odio y la xenofobia e, incluso, como en el caso
de la ex-Yugoslavia, la guerra, el dolor y el sufrimiento para
cientos de miles de personas.
Dado el contexto de estas
conferencias y ateniéndome a las cuestiones que se me han pedido
voy a centrarme exclusivamente en algunos problemas que se
derivan de la heterogeneidad de las sociedades occidentales. En
concreto, voy a hablar de los problemas que se derivan de la
existencia del plurilingüismo y, a la vez, voy a intentar
ofrecer algunas pistas sobre cómo abordarlos. Para ello, voy a
organizar mi charla según dos apartados diferentes. En el
primero, adoptaré exclusivamente una perspectiva psicoeducativa
y, en el segundo, la completaré con una perspectiva ideológica,
social y política.
Un poco de historia
En 1923, en Luxemburgo,
auspiciada por la Oficina Internacional de la Educación, se
realizó la primera Conferencia Internacional sobre el
bilingüismo. A ella asistieron pedagogos y lingüistas
procedentes de países europeos en los que coexistían más de una
lengua (Luxemburgo, País de Gales, Catalunya, etc.). En general,
estos territorios tenían una lengua socialmente mayoritaria y
sin embargo la educación se impartía en una lengua distinta que
coincidía con la lengua oficial del Estado (castellano en
Catalunya, inglés en el País de Gales, etc.). Las conclusiones
de los reunidos fueron unánimes en el sentido de condenar el
bilingüismo escolar y de recomendar la lengua familiar como
lengua vehicular de contenidos. Las ideas difundidas por la
Conferencia de Luxemburgo hicieron época y, en general, a partir
de ese momento y durante muchos años el bilingüismo temprano y
escolar fue mal visto.
El ejemplo más claro lo
constituye la recomendación realizada por la UNESCO, en 1953,
tras un seminario de expertos realizado en París, en 1952, según
la cual “es axiomático que el mejor medio para enseñar a un niño
es su lengua materna". Esta afirmación sirvió fundamentalmente
para que se desarrollaran a lo largo de los años 60 un sinfín de
programas de educación bilingüe basados en el uso de la lengua
familiar en los primeros niveles de la escolaridad y dirigidos a
las minorías étnicas y culturales que tenían como lengua propia
una lengua distinta de la lengua mayoritaria y cuyo objetivo
fundamental era que los escolares accedieran a un buen dominio
de la lengua mayoritaria.
Es decir, las primeras
propuestas sobre el uso de la lengua familiar en la educación no
tenían como objetivo la preservación cultural y lingüística de
las minorías sino su incorporación al patrón cultural
mayoritario. Se presuponía que el dominio de la segunda lengua
(L2) dependía del dominio de la primera lengua (L1), de modo que
para conseguir un buen dominio de la L2 era necesario garantizar
el dominio de la L1. Además, estas propuestas se hacían en el
marco de una concepción “igualitarista” de la educación, según
la cual desde ella se podían compensar los supuestos “déficits”
sociales o culturales de los alumnos. En la medida en que se
asumía que uno de los “déficits” remitía a un pobre dominio de
la L2, su “compensación” reclamaba el uso de la L1 para asegurar
el desarrollo de la competencia en L2.
Sin embargo, no pasaron
muchos años para que algunas de las bases psicoeducativas que
subyacían a este planteamiento fueran puestas en duda. En
concreto, el desarrollo de programas de cambio de lengua
hogar-escuela[3]
dirigidos a niños y niñas de nivel sociocultural elevado cuyas
familias estaban interesadas en que aprendieran una L2 que no
tenían posibilidad de aprender en su medio social y familiar,
reveló que no era necesario emplear obligatoriamente la L1 en
los primeros niveles de la escolaridad para acceder a un buen
dominio de la L2 y la L1.
Puestas así las cosas, el
carácter axiomático del uso de la lengua familiar que había
proclamado la UNESCO para acceder a un buen conocimiento de la
L2 se puso en duda y, a la vez, se sucedieron otro tipo de
reflexiones de naturaleza social, cultural y política para
sustentar la presencia de la propia lengua en el contexto
escolar.
Lengua familiar versus
lengua de instrucción
Probablemente, el resultado
más importante de las primeras discusiones sobre la educación
bilingüe fue la modificación de la concepción sobre las
relaciones entre el bilingüismo individual y el desarrollo de
las personas. De hecho, en las primeras discusiones se
establecía una relación causal negativa, de forma que el
bilingüismo individual temprano se anatemizaba sobre la base de
unas supuestas consecuencias desastrosas para el desarrollo
cognitivo, social y personal de las personas. Los trabajos
(Vila, 1995) que mostraron la inadecuación de esta relación
causal propusieron unas relaciones distintas más complejas que
las que se habían proclamado de forma lineal.
En concreto, se propuso la
distinción entre bilingüismo aditivo y bilingüismo
sustractivo. En el primer caso, el bilingüismo temprano
tenía implicaciones positivas para el desarrollo de la persona,
mientras que en el segundo eran claramente negativas. Al margen
de las consideraciones psicológicas implicadas en esta
distinción, nos interesa resaltar sus implicaciones sociales y
culturales. Los autores (Lambert, 1974) de esta distinción
afirmaban que la posibilidad de devenir bilingüe aditivo o
sustractivo estaba en relación con la forma de llegar a ser
bilingüe. Así, si la incorporación de la segunda lengua no era
vista como un peligro o una amenaza para el mantenimiento de la
propia lengua y la propia cultura, el bilingüismo no sólo no
tenía efectos negativos, sino que podía comportar ventajas
cognitivas y académicas a las personas bilingües. Por el
contrario, cuando la segunda lengua era vista como una amenaza o
un peligro para el mantenimiento de la propia identidad cultural
y lingüística, el bilingüismo podía tener efectos negativos.
Lambert (1974) considera que
el bilingüismo aditivo aparece en los grupos etnolingüísticos de
alto prestigio (por ejemplo, los anglófonos en Canadá)
que siguen programas de inmersión lingüística (enseñanza de la
lectura y la escritura en francés y, posterio
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rmente, en inglés),
mientras que el bilingüismo sustractivo forma parte de los
grupos etnolingüísticos de bajo prestigio (chicanos en
USA) que siguen programas de cambio de lengua hogar-escuela
(enseñanza de la lectura y la escritura en inglés sin presencia
del castellano). Es decir, desde su punto de vista, un programa
de cambio de lengua hogar-escuela tiene efectos completamente
distintos en función del estatus social de la lengua familiar de
los escolares.
A esta consideración se debe
añadir una más. En el caso de los anglófonos de Canadá, los
programas de cambio de lengua hogar-escuela o programas de
inmersión lingüística garantizan el desarrollo de la propia
lengua desde el contexto escolar, mientras que, en el caso de
los chicanos de California, la obligatoriedad de la enseñanza en
inglés no garantiza en ningún caso el desarrollo de habilidades
lingüísticas en castellano. Es decir, la inmersión lingüística
es un programa de educación bilingüe, mientras que los programas
de cambio de lengua hogar-escuela que se imponen en muchos casos
a las minorías étnicas y culturales no son programas de
educación bilingüe ya que su propia lengua no tiene presencia en
el contexto escolar. Por eso, los argumentos que justifican el
éxito de la inmersión lingüística no son trasladables ni
aplicables a cualquier situación educativa de cambio de lengua
hogar-escuela.
La distinción entre
bilingüismo aditivo y bilingüismo sustractivo tiene la virtud de
situar la discusión sobre las implicaciones del bilingüismo
individual más allá de consideraciones exclusivamente
psicológicas. De hecho, es una distinción psicosocial que
permite entender y reconciliar resultados de la educación
bilingüe que, a veces, aparecen como contradictorios.
En otras palabras, esta
distinción revela la importancia de las actitudes
lingüísticas para configurar los programas de educación
bilingüe y, en definitiva, para asegurar o no la presencia
vehicular de la lengua familiar en los primeros momentos de la
escolaridad. Difícilmente, se puede utilizar un programa de
inmersión lingüística -incluso bien diseñado desde el punto de
vista de la educación bilingüe- cuando existen actitudes
negativas o ambigüas hacia la L2 y, de la misma forma, no hace
falta utilizar la L1 en los primeros momentos de la escolaridad
cuando existen actitudes positivas hacia la L2 y la L1.
Estas consideraciones han
dado lugar a dos programas de educación bilingüe que, a
diferencia de los que se promovieron en los años 60, tienen como
objetivo el desarrollo de la propia lengua y la cultura de los
escolares y el aprendizaje de una segunda lengua. Ambos
programas se distinguen por el énfasis que se hace de la L1 de
los escolares en los primeros momentos de la educación -en
España, en el parvulario y en el ciclo inicial de la Enseñanza
Primaria-. Los programas de mantenimiento de la lengua
familiar emplean la L1 de los escolares para acceder a la
enseñanza de la lectura y la escritura y, posteriormente,
aprenden a leer y a escribir en la L2, mientras que los
programas de inmersión lingüística lo hacen justamente al
revés. En ambos casos, se trata de que al finalizar la enseñanza
obligatoria los escolares tengan un buen dominio de ambas
lenguas y, por tanto, ambas se utilizan a lo largo de los años
como vehiculares de los contenidos escolares, aunque como ya
hemos dicho su reparto se hace de forma diferente, especialmente
en los primeros años de escolaridad.
Las razones que sustentan
uno u otro tipo de programa no son exclusivamente psicológicas,
ya que, como hemos señalado, en ambos se proclama la
interdependencia lingüística[4]
o, en otras palabras, el desarrollo conjunto de ambas lenguas
(L1 y L2), sino que son también sociales. Así, cuando la L1 de
los escolares tiene pocas posibilidades de desarrollarse en el
medio social es importante el uso de programas de mantenimiento,
mientras que cuando no es así es irrelevante el uso de la L1
como primera lengua de escolarización. Además, en general,
cuando existen actitudes sociales positivas hacia la L2 y la L1
los programas de inmersión lingüística son más provechosos para
aprender una segunda lengua que los de mantenimiento ya que se
posibilita su aprendizaje de una forma “natural” semejante a
como lo hacen los monolingües correspondientes.
Características y
condiciones de los programas de inmersión lingüística
Probablemente, una de las
discusiones de más interés sobre el papel de la L1 de los
escolares se refiere a las características y las condiciones que
han de tener los programas de cambio de lengua hogar-escuela
para que devengan en auténticos contextos de desarrollo de los
niños y las niñas. La discusión tiene interés ya que actualmente
muchos niños y muchas niñas de minorías étnicas y culturales de
la Europa Occidental participan en este tipo de programas.
En primer lugar, he de
aclarar nuevamente que no todos los programas de cambio de
lengua hogar-escuela son programas de educación bilingüe. Sólo
lo son aquellos que en su diseño incorporan la L1 de los
escolares y tienen como objetivo su pleno desarrollo. Es decir,
lo que habitualmente se denomina la inmersión lingüística[5].
Desgraciadamente, no suele ser así, y una gran parte de los
programas de cambio de lengua hogar-escuela que se siguen en la
Europa Occidental no tienen en cuenta la L1 de los escolares y
su único objetivo es el aprendizaje de la L2.
Dicho esto, la reflexión
sobre las condiciones de los programas de inmersión lingüística
tiene interés porque revela la importancia del uso de la propia
lengua en el contexto escolar. Primero, si tenemos en cuenta la
importancia de las actitudes lingüísticas en relación al
aprendizaje de las lenguas, parece claro que la única
posibilidad de aprender una L2 es si existen actitudes y
motivaciones positivas hacia ella. Es decir, difícilmente se
puede aprender una lengua que no se desea aprender y, por tanto,
la existencia de actitudes positivas hacia la L2 es la primera
condición para poder realizar un cambio de lengua hogar-escuela.
Por eso, la existencia de
actitudes sociales positivas hacia la L2 es necesaria para poder
desarrollar una política lingüística en la educación basada en
la inmersión lingüística. Y estas actitudes sólo son posibles en
la medida en que esté garantizado el derecho a escolarizarse en
la propia lengua. O, en otras palabras, a que la inmersión
lingüística repose en el principio de voluntariedad. La
mejor forma de valorar socialmente una lengua es reconocer el
derecho de las personas que la tienen como propia a utilizarla
en todos los ámbitos de la vida pública y, por tanto, el derecho
a escolarizarse en ella. La inmersión lingüística se distingue,
entre otras cosas, de los programas de cambio de lengua
hogar-escuela en general en el reconocimiento de este principio
y, por tanto, de la defensa de la voluntariedad de las familias
en la elección de la lengua que desean para sus hijos en los
primeros años de la escolaridad[6].
Pero, las actitudes
positivas hacia la L2 de los escolares no sólo dependen de que
la familia las tenga, sino que el propio programa en su práctica
educativa las mantenga y las desarrolle. Por eso, es muy
importante que aquello que el niño aporta a la escuela le sea
valorado y apreciado ya que sino ¿cómo y por qué valora el niño
lo que la escuela le aporta si ésta no le valora? Evidentemente,
entre otras muchas cosas, los niños y las niñas “llevan” a la
escuela su propia lengua, la cual debe ser valorada y tratada
específicamente si se quiere que el escolar en los programas de
inmersión lingüística desarrolle y mantenga actitudes positivas
hacia la L2.
Ello significa que los
programas de inmersión lingüística, además de contemplar en el
currículum el tratamiento de la L1, en su práctica educativa
nunca “obligan” a utilizar la L2. La inmersión lingüística se
centra fundamentalmente en la comprensión de la L2, de
modo que los escolares puedan seguir las actividades escolares
que se vehiculan mediante esta lengua y, a la vez, crea
contextos de uso para que la producción emerja. Pero, en
definitiva, es el niño quien decide en último término cuando y
con quien utilizar la L2. Normalmente, lo hace alrededor del
segundo año de seguir el programa con la educadora que ejerce
las funciones de tutora del curso.
Si el escolar puede utilizar
siempre su L1 aparece una nueva condición de los programas de
inmersión lingüística: la necesidad de que el profesorado
sea bilingüe. Es decir, aunque en los primeros años de la
escolaridad en los programas de inmersión lingüística los
tutores siempre utilicen la L2 deben conocer la lengua del niño,
ya que lo más probable es que éste se dirija a ellos en su
propia lengua y si los tutores la rechazan por simple
desconocimiento es difícil que la puedan valorar. De hecho, en
estas situaciones el escolar se encuentra obligado a “aprender”
la L2 si no quiere quedar marginado y, como hemos visto, la
“obligatoriedad” en relación con el aprendizaje de lenguas
produce los efectos contrarios.
La situación contraria a la
descrita es la que se conoce con el nombre de submersión
lingüística. Es un programa de cambio de lengua
hogar-escuela, al igual que la inmersión lingüística, pero que,
en ningún caso, tiene en cuenta la lengua familiar de los
escolares, ni en el currículum ni en su práctica educativa. De
hecho, este es el programa con que se han de enfrentar muchos
niños y niñas que forman parte de las minorías étnicas y
culturales.
Por ejemplo, en la Europa
Occidental, es el programa mayoritario para los niños y las
niñas cuyas familias forman parte de la inmigración
extracomunitaria y que continúan utilizando su propia lengua en
el contexto familiar. Primero, en este caso no se cumple la
primera condición de la inmersión lingüística: la voluntariedad
en la asistencia. Es difícil que exista voluntariedad cuando no
existe el derecho a escolarizarse en la propia lengua. Segundo,
normalmente los educadores desconocen la lengua del niño y, por
tanto, cuando éste la usa en el contexto escolar simplemente es
ignorado. Tercero, dado que en muchos casos estos niños han
nacido en el país de acogida cuando se escolarizan conocen algo
de la lengua del país y, en consecuencia, los educadores asumen
que ya les entienden cuando hablan en la L2. Sin embargo, ese
“algo” acostumbra a ser mucho menos que el algo que saben los
que tienen dicha lengua como lengua familiar. En consecuencia,
en la medida en que reciben el mismo trato lingüístico que los
que la tienen como propia son marginados dado que su competencia
lingüística es mucho más pobre que la de los segundos.
El resultado de la
submersión lingüística suele ser el fracaso escolar y la
exclusión social. Son escolares que, con el paso del tiempo,
encuentran cada vez menos interesante el contexto escolar y la
educación, que nunca llegan a dominar bien ni la segunda lengua
ni la suya propia, que tienen dificultades para seguir los
contenidos escolares en la medida en que no dominan el
instrumento que los vehicula, etc.
La distinción entre
inmersión lingüística y submersión lingüística es un buen
ejemplo para reivindicar el uso de la lengua familiar en el
contexto escolar independientemente de que los escolares sigan
un programa de mantenimiento de la propia lengua o de cambio de
lengua del hogar a la escuela.
Más allá de la
reflexión psicoeducativa
La reflexión psicoeducativa
es útil, como hemos visto, para hacer explícita la importancia
de un tratamiento específico de la lengua familiar de los
escolares independientemente del tipo de programa en que estén
involucrados. Pero, a la vez, plantea también una serie de
cuestiones que escapan de dicha reflexión. Así, he hablado de la
importancia de la existencia de actitudes sociales positivas
para desarrollar políticas educativas basadas en programas de
cambio de lengua hogar-escuela. Es decir, la política
lingüística que se sigue en la educación no es independiente de
la política lingüística que se sigue en general. Ambas están
estrechamente relacionadas y, por tanto, en último término, las
discusiones que se realizan sobre el tratamiento de las lenguas
en la escuela son discusiones que se apoyan en criterios más
generales sobre política lingüística. Por eso, la discusión
sobre la presencia o no de la lengua familiar en el contexto
escolar no se puede limitar a una discusión psicoeducativa, sino
que requiere también otros puntos de vista.
De hecho, en nuestras
sociedades existen dos situaciones distintas que requieren una
reflexión diferente además de la psicoeducativa. En primer
lugar, las implicaciones en la educación de las políticas
legítimas de normalización lingüística que se promueven para
garantizar los derechos lingüísticos de las personas que tienen
como lengua propia una lengua minoritaria y, en segundo lugar,
las consecuencias educativas y el tratamiento lingüístico que se
requiere para aquellos colectivos provenientes de la
inmigración, cada vez más numerosos, que tienen una lengua
propia distinta de la lengua oficial.
Probablemente ha sido el
primer aspecto el que ha suscitado más discusiones y
controversias, especialmente en el caso de Catalunya, mientras
que el segundo forma parte de círculos más restringidos, aunque
afortunadamente cada vez suscita más interés.
Identidad nacional,
homogeneidad cultural y conocimiento lingüístico
La aspiración de los movimientos nacionalistas a
la homogeneidad cultural va ligada, en numerosos casos, a la
homogeneidad lingüística. Por ejemplo, en España, la
justificación que a veces se hace de las políticas de
normalización del catalán y del euskara se realiza desde dicho
referente. En concreto, cuando se promueven políticas educativas
que tienen como objetivo la enseñanza de dichas lenguas en los
escolares que tienen el castellano como lengua propia se
utilizan argumentos del tipo “es la lengua propia del país y,
por tanto, lo ha de ser también de la enseñanza” que, a mi
entender, tienen algunos problemas. En este tipo de
argumentaciones, suele establecerse una relación mimética entre
identidad nacional, homogeneidad cultural y conocimiento
lingüístico, de forma que el sistema educativo se convierte en
uno de los ámbitos privilegiados desde la enseñanza de la lengua
para conseguir la ansiada desaparición de las “anomalías” que
dificultan la homogeneización nacional, cultural y lingüística
de la sociedad[7].
Por otra parte, parece claro -o, al menos, los
distintos discursos sociológicos no lo ponen en duda- que, por
ejemplo, en Catalunya, uno de los factores más relevantes en la
construcción de la identidad nacional catalana se relaciona con
la lengua y, por tanto, durante bastante tiempo se ha pensado
que el acceso a su conocimiento y a su uso era un factor
determinante para aumentar la homogeneidad y la cohesión
nacional[8]. Creo que
en este discurso hay una parte de verdad, pero que no se incluye
toda la verdad o, en otras palabras, que las cuestiones
referidas a la identidad no se solucionan únicamente desde el
referente lingüístico[9].
Además, existe un problema añadido: justificar el aprendizaje de
una lengua sobre la base de promover una identidad homogénea en
la sociedad puede ser claramente rechazado por aquellos sectores
que desean mantener la suya propia y, por tanto, no están
dispuestos a que sus hijos sean “reciclados” desde una nueva
lengua.
En otras palabras, las políticas lingüísticas que
se siguen en la educación no escapan a las concepciones globales
que sustentan la política lingüística en el conjunto de la
sociedad. Por eso, tiene interés discutir los problemas y las
cuestiones implicadas en una política de normalización
lingüística no excluyente, los cuales son muchos y diversos.
Entre otras cosas, una política de normalización lingüística no
excluyente no quiere decir que no esté exenta de conflictos. Al
contrario, existen, y bastantes. A continuación me referiré
fundamentalmente a dos.
Primero, la incomodidad lingüística que supone la
normalización de la lengua minoritaria o minorizada en las
personas de lengua mayoritaria[10].
El proceso de minoración de una lengua implica, entre otras
muchas cosas, que las personas que tienen dicha lengua como
lengua propia se convierten necesariamente -por obligación- en
bilingües, mientras que los hablantes de la lengua mayoritaria
pueden permanecer como monolingües. Este es el caso de
Catalunya, en donde todas las personas hablan la lengua
castellana y, sin embargo, sólo cerca del 70% lo puede hacer en
lengua catalana o el del País Vasco, en donde el número de
personas que pueden expresarse en euskara es aún mucho más bajo.
Por eso, en cualquier proceso de normalización lingüística de la
lengua minoritaria, uno de los objetivos, a medio y largo plazo,
es conseguir que los monolingües devengan en bilingües. En este
proceso, la escuela tiene un papel central ya que se convierte
en el instrumento principal para conseguir que, al menos, los
hijos de las personas de lengua mayoritaria accedan al
conocimiento de la lengua minoritaria y se conviertan en
bilingües. A la vez, el propio proceso de normalización hace
cada vez más difícil poder vivir exclusivamente en la lengua
mayoritaria, lo cual significa que aquellas personas, como en el
caso de Catalunya, que únicamente conocen el castellano se vean
forzadas a introducirse en el conocimiento de la lengua
catalana, lo cual, guste o no guste, provoca una cierta
incomodidad ya que es mucho más cómodo poder continuar viviendo
sólo desde la propia lengua.
La segunda fuente de tensiones a la que me quiero
referir es la otra cara de la moneda. Los procesos de
normalización lingüística de las lenguas minoritarias se
defienden por sí solos sobre la base del respeto y la defensa de
los derechos lingüísticos de las personas hablantes de dichas
lenguas. Normalmente, la minoración de las lenguas está
directamente en relación con una política lingüística de
negación y falta de respeto a los derechos lingüísticos de las
personas de dicha lengua y, por eso, cuando la normalidad se
hace posible, en la conciencia de algunas de las personas que
han sufrido directamente dicha negación y falta de respeto, el
proceso se vive inexorablemente lento y cuesta entender que,
independientemente de la legitimidad de determinadas
formulaciones políticas, estas no se pueden imponer por decreto
a amplios sectores de la población que, por otra parte, no
siempre las comparten.
Por eso, una política lingüística, inspirada en
una ética y una moral fundamentada en valores democráticos, no
es ajena a ambos polos de tensión y el desequilibrio en favor de
uno o de otro puede provocar conflictos no deseados en la
sociedad civil. Así, una política lingüística que no avance en
la garantía de los derechos lingüísticos de las personas de
lengua minoritaria en un sinfín de ámbitos: medios de
comunicación, judicatura, educación, administración local,
autonómica, del estado, etc. y deje, en España, las cosas tal y
como están sería una importante fuente de frustración y de
conflictos. Pero, de igual forma, la imposición de
comportamientos lingüísticos al conjunto de la población,
fundamentados únicamente en criterios ideológicos, sin tener en
cuenta los comportamientos y las actitudes lingüísticas reales
podría conducir también al conflicto.
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El ejemplo
de Catalunya puede servir para ilustrar lo que vengo explicando.
La sociedad catalana es bastante más heterogénea[11]
de lo que a veces se piensa y, por eso, se ha de afinar bien y
con cuidado los instrumentos y los caminos que conducen -o
conducirán- a la normalidad de la lengua catalana. En este
sentido, quiero reivindicar lo que se ha realizado hasta ahora,
especialmente la idea de una única comunidad, eso sí heterogénea
tanto lingüísticamente como desde el punto de vista de la
identidad, en la que sin prisa -es decir, sin provocar fracturas
sociales-, pero sin pausa, se ha avanzado en la consolidación de
los legítimos derechos lingüísticos de las personas de lengua
catalana.
Creo que el "quid" de la cuestión está en cómo se
abordan las cuestiones relacionadas con la heterogeneidad
lingüística, cultural y de identidad que, de "facto", existe en
Catalunya. De hecho, esta heterogeneidad, como ya he dicho, a
veces, se percibe desde determinados sectores como un obstáculo
para la normalización de la lengua y la cultura catalana[12]
o, incluso, para el mantenimiento de la propia identidad
catalana[13].
Avanzar en dicha normalización es obviamente un derecho
legítimo, pero, aunque exista un amplio acuerdo con relación a
ello, el proceso debe hacerse, si se quiere democrático,
respetando la diversidad y buscando el consenso del conjunto de
la comunidad en torno a un único modelo de convivencia en donde
queden garantizados los diferentes derechos individuales, lo
cual no significa que no se produzcan conflictos entre valores y
derechos legítimos que a veces son difíciles de resolver.
Una mala
manera de resolverlos, aunque nos hagamos reiterativos, es dar
por buena la situación de partida existente en el ámbito
cultural y lingüístico. Posición que defienden, por ejemplo, los
que promueven la idea de que la lengua es un asunto privado y
que debe quedar al arbitrio del "libre mercado cultural" como,
por ejemplo, Jesús Mosterín repite reiteradamente desde las
páginas de El País. Es evidente que la lengua es un
asunto privado, pero también, en los Estados modernos, es un
asunto público: tiene relevancia en la escuela, en la
administración, en los medios de comunicación, etc. y, por
tanto, dejar su regulación al libre arbitrio del "mercado
cultural" significa, entre otros problemas, que una buena parte
de la ciudadanía de Catalunya con todo derecho reclama una
acción pública de la Administración en defensa de la lengua
catalana y, consiguientemente, de la modificación del actual
estatus del castellano y del catalán en Catalunya.
Otra mala manera de resolverlos es la búsqueda de
la homogeneidad cultural y lingüística por vía administrativa y
considerar la diversidad como una anomalía, una limitación o una
amenaza. La búsqueda de la homogeneidad, entendida como un valor
absoluto, al que se debe subordinar y sacrificar otros valores
puede resultar enormemente peligrosa. Por ejemplo, la
justificación de la inmersión lingüística y su imposición por
vía administrativa en pro de la identidad nacional catalana
provoca rechazo y actitudes negativas en sectores de lengua
propia castellana tanto hacia la lengua como hacia la sociedad
catalana.
Cabe otra solución, de hecho, la utilizada hasta
ahora por la Generalitat en Catalunya, en la que se prioriza el
Estado de Derecho sobre el Estado-Nación, en la que se preserva
y garantiza el derecho democrático a la diversidad, a la
diferencia individual y colectiva, a mantener distintas
identificaciones nacionales, a la pluralidad cultural y
lingüística, etc. Evidentemente, este planteamiento conlleva la
búsqueda de fórmulas democráticas de integración ciudadana,
basadas en la no-imposición y en el respeto a la diversidad y en
una valoración del pluralismo cultural y lingüístico, no como un
mal, sino como una riqueza y -aunque no se perciba como tal que
también es legítimo-, sobre todo, como un derecho ciudadano de
las personas y de los grupos culturalmente distintos.
La inmersión lingüística en Catalunya forma parte
de esta solución[14].
Cuando han arreciado las críticas contra ella, las respuestas
han acentuado su valor de solución útil, no conflictiva y
consensuada para garantizar, desde la voluntariedad, el
conocimiento de lengua catalana y de lengua castellana. Las
acusaciones de genocidio lingüístico, imposición
antidemocrática, etc. han tenido muy poco eco en la sociedad
catalana y, de hecho, no han modificado las actitudes de las
familias hacia el programa. Sin embargo, no está claro que en el
futuro sea igual. Depende, a mi modo de entender, de los
argumentos y los instrumentos que se utilicen para su
justificación y mantenimiento. Si como he señalado los
argumentos se centran en lo ideológico puede haber conflictos,
ya que mucha gente puede aceptar sin problemas -como hasta
ahora- que la inmersión lingüística es un buen procedimiento
para aprender la lengua catalana, pero tener muchos problemas
para aceptar que a través de la inmersión se produzca un proceso
de sustitución lingüística o de identidad.
Cuando hace dos años se filtró a la prensa el
proyecto de modificación de la Ley de Normalización Lingüística
que se había elaborado desde determinados departamentos de la
Conselleria de Cultura se pudo leer la modificación que se
proponía al actual tratamiento de los derechos lingüísticos de
las familias para elegir la lengua de escolarización de sus
hijos. En concreto, frente a la situación actual según la cual
las familias son las que optan por la lengua de escolarización,
el proyecto de modificación señalaba que la lengua propia de
Catalunya era el catalán y, por tanto, también lo era de la
enseñanza sin que quedara claro si se mantenía o no el derecho a
escolarizarse en lengua castellana. Ciertamente, actualmente en
Catalunya, son muy pocas las familias que adoptan la decisión de
escolarizar en castellano a sus hijos, pero ello no significa
que sea justamente la posibilidad de elegir la que permite que
una inmensa mayoría opte por la lengua catalana. A mi entender,
el éxito de la inmersión lingüística en Catalunya está en
relación con la percepción de las familias de lengua castellana
que el programa no merma el conocimiento de su propia lengua y
que no conculca derechos lingüísticos. Si dicha percepción se
modifica -y se puede modificar si no queda garantizado el
derecho a escolarizarse en lengua castellana en los primeros
momentos de la escolaridad- la inmersión lingüística puede ser
rechazada por sectores significativos de dicha población.
La inmersión lingüística se justifica por sí
misma como un instrumento útil para aprender la lengua catalana
y la lengua castellana y, por tanto, no hace falta buscar
justificaciones ideológicas que vayan más allá de posibilitar
desde la educación, aquello que ya hemos dicho, que los niños y
las niñas que tienen el castellano como lengua propia y que no
pueden aprender el catalán desde su medio social y familiar
puedan hacerlo. Es decir, la inmersión lingüística, como hemos
explicado anteriormente, es un programa de educación bilingüe
que garantiza el desarrollo de la propia lengua y el aprendizaje
de una nueva lengua y que, además, es el mejor programa para
conseguirlo cuando existen actitudes positivas tanto hacia la
segunda lengua como hacia la propia lengua. Por eso, su
justificación desde otros planteamientos distintos a los
expuestos puede cuestionarlo al no cumplirse las condiciones
básicas para su existencia.
Por otra
parte, no cabe duda que la aplicación del programa de inmersión
lingüística posibilita la “bilingualización” individual del
conjunto de la sociedad y, por tanto, que los únicos bilingües
no sean los que tienen el catalán como lengua propia, lo cual
sienta unas primeras bases para garantizar plenamente los
derechos lingüísticos de estas personas.
En
definitiva, la inmersión lingüística en Catalunya es un programa
de educación bilingüe dirigido a los niños y las niñas de lengua
familiar castellana que tiene como objetivo el aprendizaje de la
lengua catalana sin mermar el desarrollo de su propia lengua. Su
virtud y la posibilidad de su extensión está en ello. Por eso,
la búsqueda de otro tipo de justificaciones o su utilización
para solventar “anomalías” en la sociedad catalana puede
conducir a situaciones conflictivas no deseadas por nadie
¿Y la
infancia con otras lenguas?
En el
apartado anterior hemos puesto de manifiesto algunos problemas
de política lingüística implicados en la normalización de
lenguas como el catalán o el euskara. Sin embargo, la política
lingüística en la educación no queda limitada a estas
cuestiones, sino que, en los últimos años, se han escolarizado
en España escolares, hijos de familias inmigrantes
extracomunitarias, cuyas lenguas -bereber, árabe dialectal,
swahili, mandinga, etc.- no tienen ninguna presencia social. Es
cierto que su número globalmente es muy pequeño, pero también lo
es que en algunos centros alcanzan proporciones entre el 10% y
el 20% del conjunto de escolares. Por eso, en una charla sobre
lengua propia y exclusión social es obligatorio referirse a
ello.
En primer lugar, quiero referirme a una cuestión
que aparece en todos los trabajos que se han realizado sobre la
escolarización de estos niños y niñas(Colectivo IÓE, 1996). En
concreto, las declaraciones de los maestros -casi unánimes-
sobre la relación entre éxito escolar y dominio de la segunda
lengua. Los profesionales de la educación consideran que el
éxito escolar de los alumnos que forman parte de estas minorías
lingüísticas está directamente en relación con el aprendizaje de
la lengua que utiliza la escuela. Sin embargo, ello no se
acompaña de una reflexión sobre las relaciones entre la
competencia lingüística en la L1 y la L2. En otras palabras, la
práctica educativa se limita exclusivamente a realizar un
programa de cambio de lengua hogar-escuela sin que la L1 de los
escolares tenga ninguna presencia y la reflexión educativa se
limita exclusivamente a la búsqueda de los “mejores” o más
“adecuados” métodos para enseñar la L2.
Anteriormente, he explicado la inadecuación
psicoeducativa de este planteamiento y, a la vez, he manifestado
la necesidad de contemplar el desarrollo de la L1 para
garantizar un buen conocimiento de la L2. En otras palabras,
aquello que es necesario contemplar para que los niños y las
niñas de habla castellana tengan un buen conocimiento de catalán
o de euskara vale también, psicoeducativamente hablando, para
los que tienen otras lenguas.
En segundo
lugar, he de referirme también a otra cuestión: los prejuicios y
los estereotipos que sufren las personas pertenecientes a estas
minorías lingüísticas y culturales. Las últimas declaraciones de
los alcaldes de Roses y Calonge, apoyadas por el Gobernador
Civil de Girona -y por un sector importante de dichas
poblaciones-, son un buen ejemplo[15].
Sin llegar a esos extremos y ciñéndonos al ámbito de la
educación, se puede decir que, en bastantes casos, los
profesionales de la educación cargan las “culpas” del fracaso de
estos escolares en sus familias, las cuales son vistas como
autoritarias, machistas, poco acordes con la “modernidad” y los
valores “democráticos” y “solidarios” que proclama la escuela en
España. En definitiva, las familias son percibidas como un
obstáculo para conseguir la adaptación de los niños
pertenecientes a estas minorías al sistema escolar. En la misma
línea, en algunos casos, el hecho de que las familias mantengan
su propia lengua es visto también como un impedimento para que
aprendan la lengua de la escuela
En estos planteamientos subyace una concepción
claramente asimiladora, de modo que la lengua y la cultura de
estos escolares se percibe como una anomalía o una perturbación
para que se integren con armas y bagajes a la cultura homogénea
que propone la escuela. Si, por ejemplo, tal y como proclama la
Generalitat de Catalunya, el castellano no es una anomalía en
Catalunya ¿por qué el bereber o el árabe dialectal si lo es?
Probablemente, la respuesta se encuentra en que los escolares
que utilizan la primera lengua constituyen cerca del 60% de la
población escolar, mientras que los que utilizan las otras
lenguas son un número insignificante que, además, provienen de
grupos sociales enormemente débiles que, entre otras cosas, no
votan.
Ciertamente, volviendo al ejemplo de Catalunya,
lugar que, por otra parte, concentra a una parte importante de
la inmigración extracomunitaria, no se trata de desarrollar una
política lingüística en la educación con estos escolares igual a
la que se sigue con los castellanohablantes[16].
Entre otras razones, porque las personas que pertenecen a estas
minorías tampoco lo exigen. De lo que se trata es de posibilitar
un contexto escolar que reconozca, acepte y promueva la
diversidad cultural y lingüística sin renunciar a la cohesión
social y, por tanto, a la enseñanza de una lengua común que
permita el trabajo escolar.
En este sentido, son varias las cosas que se
deben hacer. Primero, criticar y modificar las actitudes que
relacionan la cohesión social con la asimilación y la
homogeneidad cultural y lingüística[17].
Como ya he explicado, la sociedad catalana está cohesionada y no
existen conflictos sociales por el hecho de que en su seno
exista una notable heterogeneidad lingüística, cultural y de
identidad. Segundo, promover actitudes entre los profesionales
de la educación en favor del conocimiento del contexto familiar
y de la cultura de estos escolares. Ello serviría para romper
muchos estereotipos y prejuicios y, sobre todo, para que los
maestros comprendieran que de la misma forma que existe una
notable diversidad en la cultura mayoritaria también existe
entre las minorías culturales. Tercero, fomentar actitudes en
favor del reconocimiento de la diversidad de la comunidad
educativa, de modo que se puedan utilizar todos los recursos que
aporta en favor de una educación intercultural para todos sus
miembros. Por ejemplo, las familias de los escolares que
pertenecen a minorías culturales pueden ser agentes educativos
y, de la misma forma, que en muchas escuelas se realizan
talleres con las familias de los escolares o se utilizan sus
conocimientos para promover contenidos que no están presentes en
las programaciones escolares, las familias de estos escolares
desde actividades programadas para el conjunto de la comunidad
pueden hacer presente su lengua y su cultura en el contexto
escolar. Cuarto, reconocer e incorporar la diversidad cultural y
lingüística al currículum escolar de forma que los escolares de
las minorías no se vean relegados y obligados a incorporarse a
un modelo culturalmente homogéneo.
En definitiva, se trata, de una parte, de
configurar actitudes distintas en los agentes educativos que
permitan un tratamiento adecuado de la diversidad cultural y
lingüística y, de la otra, promover contenidos culturales y
lingüísticos que posibiliten que los escolares de las minorías
vean también reconocido y estimado lo que “llevan” a la escuela.
Lengua
propia y exclusión social
Los
trabajos e investigaciones realizados en el ámbito de la
educación bilingüe muestran la importancia del desarrollo de la
lengua propia de los escolares. Así, independientemente de que
sigan programas de mantenimiento o programas de inmersión debe
existir un tratamiento específico de su L1. Esta conclusión
revela la inadecuación de las propuestas que buscan en la
educación bilingüe un cambio de lengua de las personas en el
sentido de sustituir su propia lengua por una segunda lengua
Las razones de este quehacer son diversas. Así,
generalmente, los estados modernos desarrollan políticas de
sustitución lingüística mediante programas compensatorios que
pueden tener más o menos en cuenta la L1 de los escolares o
simplemente a través de la integración en el modelo lingüístico
mayoritario sin que su propia lengua tenga ningún tipo de
presencia. Esta es la situación de la mayoría de inmigrantes
extracomunitarios que se ven obligados a escolarizarse en la
lengua mayoritaria sin que la suya reciba ningún tipo de
tratamiento. La argumentación que subyace a este tipo de
política se refiere a la necesidad de integración de
estos colectivos y, por tanto, a la necesidad de que aprendan la
lengua mayoritaria.
Otro tipo de argumentaciones que promueven
también políticas de sustitución lingüística provienen de
sectores sociales que ven en peligro el mantenimiento de su
identidad cultural y lingüística. Este es el caso de algunas de
las propuestas que, desde sectores de ideología nacionalista, se
realizan sobre los programas de cambio de lengua hogar-escuela.
Por ejemplo, la Carta de la Lengua Francesa o Ley 101
aprobada por el Gobierno del Quebec, en 1977, legitima la
asimilación lingüística a la lengua francesa de los inmigrantes
y de los anglófonos de fuera del Quebec que viven allí mediante
la obligatoriedad de escolarizarse en francés en programas de
inmersión lingüística[18]
que, en muchos casos, tienen muy poco en cuenta la L1 de los
escolares. Este no ocurre ni en Catalunya ni en el País Vasco
donde dicha obligatoriedad no existe -excepto en el caso de la
inmigración no castellana, los cuales están obligados a
escolarizarse en castellano o en la otra lengua-, aunque en el
futuro pueden haber propuestas que vayan en el mismo sentido.
La
asimilación o sustitución lingüística es una mala política venga
de donde venga. Se apoye en argumentaciones como la integración
para incorporar a las personas al patrón cultural mayoritario o
se apoye en argumentaciones que buscan la preservación de una
identidad cultural y lingüística que se siente amenazada. En
ambos casos, no se acepta que se preserve y garantice el derecho
democrático a la diversidad, a la diferencia individual y
colectiva, a mantener distintas identificaciones nacionales y,
en definitiva, a la pluralidad cultural y lingüística.
La
existencia de sociedades cada vez más diversas cultural y
lingüísticamente obliga a desarrollar una política lingüística
que tenga en cuenta dicha realidad y que sin sacralizar la
diversidad se apoye en fórmulas de consenso de la ciudadanía que
permitan la coherencia y la cohesión social. Evidentemente, ello
excluye todo tipo de obligatoriedad e imposiciones y, por tanto,
el respeto a la diversidad que se debe traducir, en este caso,
en derechos lingüísticos de las personas y de las comunidades.
Sólo de esta forma la lengua dejará de ser un elemento de
exclusión social.
Bibliografía
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document.write(barra);
}
}
changePage();
="ES-TRAD" style="LETTER-SPACING: -0.15pt">Colectivo
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