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INTRODUCCIÓN

LA ENSEÑANZA DE LA LENGUA

LA EDUCACIÓN BILINGÜE

ALGUNAS IMPLICACIONES SOBRE LA ENSEÑANZA DE LENGUAS EXTRANJERAS

LA ENSEÑANZA DE LA LENGUA EXTRANJERA EN UN CONTEXTO BILINGÜE

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La Enseñanza de una Tercera Lengua en un Contexto Bilingüe
Ignasi Vila
AUniversitat de Girona - Espanya - Facultat de les Cièncias de la Educació



INTRODUCCIÓN

El aprendizaje de lenguas extranjeras es una necesidad cada vez más acuciante en el mundo ocidental. Los cambios introducidos -y los que vendrán- en el mundo del trabajo, la permeabilidad de las fronteras, la internacionalización de la economía, etc. hace que la percepción social de que en un futuro, más o menos próximo, será necesario conocer alguna lengua extranjera para poder acceder a un gran número de puestos de trabajo va claramente en aumento, lo cual se traduce en una presión sobre el sistema educativo para que a lo largo de la enseñanza obligatoria los escolares acceden a niveles aceptables de una o dos lenguas extranjeras. El reciente “decretazo” -barbaridad educativa- de la ministra Aguirre es un buen ejemplo. Así, junto a una concepción educativa retrógada y reaccionaria de la enseñanza de la lengua, de la literatura, de la filosofía, de la geografía y de la historia que sólo busca eliminar a miles y miles de niños y niñas de la ESO y lanzarlos a los “fondos de garantía social” y, a la vez, contentar al sector del profesorado más corporativista e inmovilista de la enseñanza secundaria, se defiende la introducción de la enseñanza del inglés en el último curso de la Educación Infantil. En otras palabras, en los próximos años asistiremos a un sinfín de propuestas en las que, junto con barbaridades educativas, se levantará la bandera de la enseñanza de lenguas extranjeras ya que, de hecho, socialmente vende bastante más -y sobre todo da más votos- que una discusión en serio sobre la enseñanza de las humanidades que desgraciadamente interesa a muy pocos.



LA ENSEÑANZA DE LA LENGUA



Pocas personas implicadas, de una u otra manera, en la enseñanza de la lengua no aceptarían que el desarrollo de las capacidades lingüísticas relativas a la producción y la comprensión del lenguaje remiten al “aprendizaje y el dominio de su uso”. Aprender a usar una lengua y el desarrollo de capacidades lingüísticas son los dos polos de un binomio estrechamente unidos o entrelazados. No hay uno sin el otro y viceversa. Las investigaciones y los datos empíricos que hoy poseemos que avalan las afirmaciones anteriores son inmensos y provienen de ámbitos tan distintos como son el desarrollo del lenguaje, la adquisición de una segunda lengua, el desarrollo de capacidades relacionadas con la comprensión lectora, la enseñanza de los géneros literarios, el estudio de las habilidades implicadas en la “lectura televisiva” o la enseñanza de una lengua extranjera en el contexto escolar.

Ciertamente, en numerosas ocasiones, “aprender a usar el lenguaje” se confunde con “usar el lenguaje” y se olvida que “aprender” remite también a otro polo que es “enseñar” o, dicho de otra forma, el aprendizaje del uso del lenguaje no es ni espontáneo, ni individual, sino que implica que alguien enseñe a comprender, decir, leer, escribir, etc. mejor de cómo ya se comprende, se dice, se lee o se escribe. La práctica espontánea del lenguaje, al margen de guías y apoyos que ayuden a usar mejor lo que ya se usa, no se traduce ni en mejoras del uso del lenguaje, ni en el desarrollo de nuevas capacidades lingüísticas. Para ambas cosas se requiere un proceso intencional de enseñanza y aprendizaje de la lengua en el que desde el uso del lenguaje los niños y las niñas aprendan a usar mejor lo que ya usan.

Estas ideas, presentes como ya he dicho en multitud de enseñantes de la lengua, subyacen también tanto a los principios que guían la enseñanza bilingüe como a los que guían la enseñanza y el aprendizaje de lenguas extranjeras. En ambos casos se trata de que los escolares aprendan una lengua que no tiene presencia en su medio social y que, en la mayoría de los casos, únicamente tienen contacto con ella en el marco escolar. Tan cierto es esto que, al menos en el Estado Español, la práctica de la educación bilingüe y la enseñanza de lenguas extranjeras han sido un revulsivo para la enseñanza de la lengua en general y, más en concreto, la enseñanza de la lengua familiar. Todo ello ha servido para que cada vez seamos más conscientes de que los criterios psicopedagógicos implicados en la enseñanza y el aprendizaje de la lengua sean bastante semejantes independientemente del mayor o menor contacto que un escolar tenga con una lengua. Por eso, metodológicamente, desligar la enseñanza de la lengua de la enseñanza de lenguas extranjeras no parece un buen modelo.



LA EDUCACIÓN BILINGÜE



De forma muy resumida podríamos considerar que los criterios en que se apoya la educación bilingüe son fundamentalmente tres: una concepción sobre cómo se adquiere -o se aprende- una lengua, una hipótesis sobre el tipo de relaciones que se establecen entre las capadidades lingüísticas de los escolares en una y otra lengua y una afirmación didáctica relativa a la importancia de las actitudes de los escolares hacia las lenguas del programa bilingüe.

Vayamos al primer punto: la enseñanza bilingüe comporta modelos de organización escolar que tienen como objetivo posibilitar el dominio de una lengua a las que el escolar no tiene acceso en su medio social y familiar. Es decir, la organización escolar pretende suplir la falta de exposición a una lengua en contextos informales y, a la vez, posibilitar su dominio para los usos formales. Para la consecución de estos objetivos lingüísticos, la enseñanza bilingüe utiliza diferentes recursos, pero probablemente el más importante consiste en emplear la lengua, objeto de aprendizaje, como instrumento de enseñanza. En la educación bilingüe se asume que, en la medida en que se hacen cosas con la lengua, no sólo se aprende a realizar dichas cosas, sino que suplementariamente se aprende también el instrumento que las vehicula. Por eso, dado que las cosas que se hacen en la escuela se relacionan con la enseñanza y el aprendizaje, la manera de aprender una lengua, desconocida para el alumno, en el contexto escolar consiste en enseñar y aprender a través de ella.

Las implicaciones de esta concepción son múltiples e irrumpen en numerosos ámbitos, pero aquí me interesa resaltar aquello que ya he señalado anteriormente: las lenguas se aprenden cuando se hacen cosas con ellas que tienen sentido para quienes las aprenden y, a la vez, alguien enseña a hacer dichas cosas. Aunque pueda parecer sorprendente, la educación bilingüe asume dicho principio de modo que los niños y las niñas aprenden una segunda lengua cuando mediante ella aprenden matemáticas, sociales, naturales o cualquier otro contenido. En este planteamiento, aunque pueda parecer nuevamente sorprendente, las clases de segunda lengua no son las que vertebran el programa sino que están al servicio de enseñar a hacer mejor con ella las cosas que ya hacen en relación a otros contenidos. Aunque resulte repetitivo creo que vale la pena recalcar nuevamente la idea de que las lenguas no se adquieren como “objeto de estudio” sino a través de hacer cosas con ellas.

Esta reflexión me conduce al tercer punto que he señalado como criterio que utiliza la enseñanza bilingüe: una afirmación didáctica relativa a las actitudes de los escolares hacia las lenguas del programa bilingüe. De hecho, esta afirmación se podría extender o resumir en la siguiente frase: “conseguir didácticamente que las cosas que se hacen en la escuela tengan sentido para los escolares”. Difícilmente se pueden hacer cosas que no se desean hacer o que no tienen sentido para quien las hace. Es decir, si la educación bilingüe proclama que la segunda lengua se adquiere haciendo cosas con ella, utilizándola como instrumento de las actividades escolares, aquello que es relevante desde un punto de vista didáctico es cómo conseguir que las actividades tengan sentido para los escolares ya que sino se impide tanto el desarrollo de capacidades en general como el desarrollo de capacidades lingüísticas.

Evidentemente, la cuestión del “sentido” no se limita únicamente a las actividades de enseñanza y aprendizaje, sino también a la lengua que las vehicula. Por eso, el mantenimiento de actitudes lingüísticas positivas hacia las lenguas del programa es también una de las garantías de su éxito.

El segundo criterio que he citado anteriormente: una hipótesis sobre cómo se relacionan las capacidades linguísticas que los escolares van desarrollando a lo largo del programa se traduce en lo que es ampliamente conocido como la “Hipótesis de Interdependencia Lingüística”. Esta hipótesis afirma que “en la medida en que la instrucción en Lx es efectiva en promover competencia en Lx, la transferencia de esta competencia a Ly ocurrirá a condición de que exista una adecuada exposición a la Ly (bien en la escuela, bien en el entorno) y una adecuada motivación para aprender Ly”. En otras palabras, esta hipótesis afirma que las competencias lingüísticas que desarrollan los bilingües no son independientes, sino claramente interdependientes, de modo que el desarrollo de competencia en una de ellas se traduce en el desarrollo de competencia en la otra siempre y cuando exista una adecuada exposición a ella.

Los datos y las investigaciones que corraboran esta hipótesis son amplios y numerosos y abarcan campos muy diversos como la edad de llegada a un país y la adquisición de la L2, la relación entre el uso de la lengua familiar en casa y el éxito académico, el procesamiento de la información en bilingües, etc. Pero, probablemente, el apoyo empírico más importante lo recibe de los programas de cambio de lengua hogar-escuela cuando se dan unas condiciones determinadas que reciben el nombre de programas de inmersión lingüística.

Es ampliamente conocido que estos programas son la mejor forma para que un escolar acceda al conocimiento de una L2 que no tiene presencia en su medio social y familiar y desarrolle un buen conocimiento de su L1. Estos programas se articulan en torno al aprendizaje de la lectura y la escritura en la L2, para posteriormente transferir dichas habilidades a la L1 y utilizan los primeros momentos de la escolaridad -el parvulario- para que los niños y las niñas entren en contacto con la L2 y desarrollen habilidades en ella que les permita posteriormente encarar con éxito el aprendizaje de la lectura y la escritura en dicha lengua.

En definitiva, la educación bilingüe persigue desde el punto de vista de los objetivos lingüísticos que los escolares accedan a un buen conocimiento de la L1 y de la L2 y para ello se organiza de modo que los escolares hagan en la L2 las cosas que se hacen en la escuela. Con ello se hipotetiza que, de una parte, aprenden la L2 y, de la otra, que la competencia lingüística que desarrollan en la L2 la transfieren a la L1 siempre y cuando exista una adecuada exposición a ella y motivación para aprenderla.



ALGUNAS IMPLICACIONES SOBRE LA ENSEÑANZA DE LENGUAS EXTRANJERAS

La enseñanza de lenguas extranjeras en el contexto escolar ha sufrido cambios muy importantes en el sentido apuntado hasta ahora. Así, cada vez son más las profesoras y los profesores que enseñan la lengua extranjera a partir de que los escolares hagan cosas con ella. Sin embargo, también es cierto que a veces surgen dificultades que dificultan el proceso. Probablemente, una de las dificultades mayores se relaciona con el “sentido” que la clase de lengua extranjera tiene para los escolares. De hecho, más allá de las actitudes sociales positivas hacia el aprendizaje de lenguas extranjeras que hemos comentado al inicio, es evidente que no deja de ser un contenido más que se aprende en el contexto escolar y que, por tanto, en parte recibe también las atribuciones de los niños y las niñas hacia la escuela.

Esta, junto a otras razones, ha llevado a numerosas personas a defender la enseñanza precoz de una lengua extranjera. Al igual que en la inmersión lingüística se defiende que al inicio de la escolaridad las actitudes de los niños aún no están formadas y que, por tanto, dada su importancia en la adquisición del lenguaje, si se inicia la enseñanza de la lengua extranjera en edades tempranas el éxito de su aprendizaje está más asegurado.

Esta argumentación es impecable y es evidente que la enseñanza sistemática en el parvulario de una segunda lengua que no tiene presencia social y famil te en relación con que los enseñantes utilicen un acento “como los nativos” porque sino dichas ventajas desaparecen.

La cuestión de la sintaxis es más compleja, pero estudios recientes parecen confirmar que los niños y las niñas que aprenden de forma sistemática una segunda lengua de pequeños hacen menos errores sintácticos que aquellos que la aprenden de mayores. En cualquier caso, esta ventaja aparece en niños y niñas que han adquirido una segunda lengua antes de los 12 años y no únicamente los que lo han hecho antes de los 6 años. Evidentemente, nuevamente esta ventaja aparece si los enseñantes utilizan correctamente la lengua, si no es así desaparece.

Finalmente, al igual que en los programas bilingües, el aprendizaje precoz de una segunda lengua deviene en notables ventajas para el desarrollo de la primera, especialmente en aquellas situaciones de nivel sociocultural bajo. La adquisición de competencias lingüísticas en la L2 se transfieren a la L1 siempre y cuando, como ya hemos dicho, exista una adecuada exposición a la L1 y motivación para aprenderla.

Sin embargo, ello no significa que el éxito en la adquisición de una lengua extranjera quede limitado a su aprendizaje precoz. De hecho, a lo largo de la enseñanza obligatoria y sobre la base de actividades de enseñanza y aprendizaje que tengan sentido para los escolares, se pueden aprender bastantes cosas de una lengua extranjera. El problema reside, a mi entender, en algo que ya he comentado anteriormente: me refiero a la falta de sentido que muchas veces adquieren las actividades que se proponen a los escolares para que aprendan una nueva lengua. En muchas ocasiones las actividades que se realizan son de tipo lingüístico en las que los escolares “practican” partes (funciones, vocabulario, etc.) de los contenidos de un programa en vez de pensar en actividades en las que los escolares tengan que hacer cosas con la lengua. De acuerdo con Zanón (1994) entendemos que una actividad “implica que los niños utilicen la lengua extranjera con el objetivo de solucionar una situación de comunicación”.

La enseñanza por tareas recoge esta filosofía y propone un

sinfín de posibilidades en forma de actividades a realizar en el contexto escolar. Desde realizar una exposición de murales con las noticias más importantes del mes hasta elaborar y representar un pequeño guión televisivo. No obstante, muchas veces nos olvidamos que el propio contexto escolar es una fuente de actividades y que, en él mismo, hay muchas cosas que tienen sentido para los alumnos. Normalmente, el sentido se encuentra en los propios contenidos que pocas veces son utilizados para enseñar lengua extranjera. De hecho, pasa algo semejante a lo que ocurre con las clases de lengua. Por ejemplo, en la enseñanza secundaria, los enseñantes nos emperramos en buscar supuestas actividades motivantes y con sentido para que los escolares aprendan a escribir mejor y nos olvidamos que deben escribir trabajos o redactar informes para la clase de historia, naturales, etc. que, sin embargo, “pasan” sin pena ni gloria por las clases de lengua. Probablemente, un trabajo coordinado y en equipo de los profesores de un ciclo que trabajara en esta perspectiva permitiría encontrar numerosas actividades para la clase de lengua extranjera relacionadas con contenidos de otras áreas del currículum.

Sin embargo, no todo acaba en las actividades. La inmensa mayoría del profesorado que enseña lengua extranjera utiliza lo que habitualmente se llaman ejercicios. Evidentemente, una propuesta de enseñanza de la lengua extranjera basada en las actividades no implica la eliminación de los ejercicios. Implica su contextualización en relación con la actividad propuesta. Siguiendo a Zanón (1994), entendemos que un ejercicio es “el trabajo centrado en uno o más elementos lingüísticos de una actividad de comunicación. Su objetivo es el de generar el aprendizaje de los contenidos lingüísticos y comunicativos necesarios para realizar las actividades”.

En otras palabras, a diferencia de otras propuestas metodológicas, en las que el ejercicio vertebra las unidades didácticas. En este caso, la unidad didáctica está vertebrada por las cosas que se deben hacer en lengua extranjera y los ejercicios son un instrumento a su servicio. La ventaja de esta propuesta reside nuevamente en el sentido de lo que debe de hacer el alumno. El ejercicio por el ejercicio puede tener mucho sentido en aquellos escolares que estén claramente motivados para el aprendizaje de la nueva lengua. Sin embargo, como ya he dicho, no únicamente no siempre es así, sino que muchas veces no es así. Por eso, el sentido y la motivación se debe buscar en relación a las cosas que quiere el alumno. De este modo, si los ejercicios son un instrumento al servicio de las cosas que el escolar quiere hacer, probablemente se acepten mejor que un uso de ellos desligado de cualquier actividad.



LA ENSEÑANZA DE LA LENGUA EXTRANJERA EN UN CONTEXTO BILINGÜE



Uno de los temas importantes y polémicos en nuestro país se refiere al momento de introducción de la enseñanza de la lengua extranjera en la escuela. La razón más importante es que, para muchos escolares, los primeros años de la escolaridad están ya centrados en el aprendizaje de una nueva lengua y que, por tanto, no se acaba de saber muy bien qué hacer con la lengua extranjera.

En Comunidades como el País Vasco o Catalunya -aunque no sólo en ellas-, el sistema educativo ha adoptado una organización bilingüe. Es decir, desde el sistema educativo se pretende que al finalizar la enseñanza obligatoria los escolares dominen dos lenguas, normalmente el castellano y la de la comunidad. Para ello, adopta una organización en la que ambas lenguas son vehiculares de contenidos y que tiene numerosas concreciones que van desde los programas de inmersión lingüística hasta los programas de mantenimiento de la lengua familiar. Además, aunque estos programas asuman de forma general el mismo tipo de criterios psicopedagógicos, su concreción en las escuelas puede ser muy distinto y responde a variables tan diferentes como el número de escolares que conocen o tienen como propia la lengua de aprendizaje de la lectura y la escritura, el dominio de las lenguas vehiculares por parte del profesorado, la presencia social de las lenguas que emplea la escuela, las actitudes de las familias hacia el diseño de organización bilingüe que adopta la escuela, etc. Por eso, el desarrollo de una propuesta unitaria sobre la introducción de una tercera lengua en la organización bilingüe no tiene mucho sentido y, sin embargo, si lo tiene el desarrollo de una serie de criterios que puedan ser utilizados por el profesorado y las familias para decidir en qué momento se introduce la tercera lengua.

Una de las cuestiones que aparece de forma repetida cuando se discute esta cuestión se refiere al número de lenguas que puede “soportar” o “tolerar” un escolar. Así, a veces, se rechaza la introducción de la tercera lengua en la educación infantil en los programas de inmersión lingüística porque dichos escolares están aprendiendo una segunda lengua y, por tanto, la introducción de la tercera puede dificultar dicho aprendizaje.

A mi entender, este tipo de argumentación no tiene ningún tipo de apoyo empírico y la introducción de la tercera lengua en el parvulario no tiene por qué dificultar el proceso de aprendizaje de la L2 y consolidación de la L1. La Hipótesis de Interdependencia Lingüística, hipótesis en la que se apoya la educación bilingüe, tiene aquí también plena vigencia.

Otro tipo de argumentación en contra de la introducción de la tercera lengua en el parvulario en un contexto bilingüe se relaciona con que “quita tiempo para el aprendizaje de la L2” que, en definitiva, es lo importante. Esta argumentación tampoco tiene excesivo apoyo empírico. Las lenguas se aprenden gracias a la calidad de las interacciones sociales que median y, a la vez, hace falta tiempo y exposición en cantidad para que pueda ser adquirida. Es decir, en la adquisición de las lenguas, tanto la cualidad como la cantidad forman parte del proceso. Sin embargo, es difícil pensar que en un contexto bilingüe, en el que se producen relaciones de calidad mediadas por la L2, la sustracción de 4, 5, 6 horas a la semana para enseñar una tercera lengua deteriore el proceso de adquisición de la L2.

A mi entender, las cuestiones que se deben discutir sobre la introducción de la tercera lengua en el parvulario no se refieren a las argumentaciones antes expresadas, sino a la efictividad de dicha medida para el dominio de la tercera lengua.

Desde este punto de vista, ya he señalado anteriormente que el aprendizaje precoz de una lengua extranjera parece tener una serie de ventajas que se traducen en un mejor dominio. En concreto, he hablado de dos ámbitos específicamente lingüísticos -fonología y sintaxis- y un ámbito actitudinal referido al reconocimiento de poder y querer hacer cosas en lengua extranjera. Probablemente, desde el punto de vista de los procesos de enseñanza y aprendizaje el último punto es el más importante. Ya he dicho que los aspectos actitudinales en relacióna la lengua que debe ser aprendida son decisivos para el éxito de dicho aprendizaje. Por eso, si de pequeños los niños y las niñas desarrollan y construyen actitudes positivas hacia la lengua extranjera, parece evidente que si después las mantienen la eficacia de los procesos de enseñanza y aprendizaje aumente.

Ahora bien, esta última reflexión me induce una nueva: las actitudes iniciales hacia un contenido de aprendizaje son muy importantes, pero tanto o más lo es las actitudes que se posibilitan hacia dicho contenido a través del propio proceso de enseñanza y aprendizaje. En otras palabras, no basta únicamente que los niños y las niñas tengan actitudes positivas hacia el aprendizaje del inglés, del francés o del alemán, hace falta también que las propias actividades de enseñanza y aprendizaje mantengan dicho interés e incluso lo amplifiquen. Ello remite a una cuestión relativa a la eficacia en la adquisición de una lengua extranjera que probablemente tiene más importancia que discutir si el aprendizaje es más eficaz a partir de los 5 o de los 8 años. Me refiero a la didáctica implicada en la enseñanza de una lengua extranjera.

La enseñanza del inglés en el parvulario obliga a un tipo de actividades, basadas en el juego, en las que de forma globalizada los niños y las niñas hacen cosas con la lengua. Sin embargo, a partir de los 8/9 años, la enseñanza de la lengua extranjera acostumbra a modificar de forma importante sus actividades. En muchos casos -aunque de palabra se diga lo contrario- el centro de interés no es que los niños y las niñas hagan cosas con la lengua, sino que dominen algunos aspectos lingüísticos de forma aislada -vocabulario, construcciones sintácticas, aspectos morfológicos, etc.-. Es verdad que muchas veces se hace desde metodologías relacionadas con el enfoque comunicativo -y en ese sentido es bastante mejor que las metodologías más tradicionales-, pero, a pesar de ello, el problema que he planteado continua existiendo. Por eso, la eficacia de la introducción precoz de una lengua extranjera -al igual que la eficacia para devenir bilingüe desde la escuela- está en relación sobre todo con las actitudes y, por tanto, con las actividades de enseñanza y aprendizaje que las crean y las desarrollan.

Si la eficacia real de la introducción precoz de la enseñanza de una lengua extranjera está en los aspectos citados, la pregunta que rápidamente se elicita se refiere a la posibilidad de que dichos aspectos formen parte también de la enseñanza de la lengua extranjera a lo largo de la Educación Primaria y Secundaria. Probablemente si fuera así, muchas de las discusiones que se realizan sobre este aspecto desaparecerían porque los niños y las niñas aprenderían muchas cosas de una tercera lengua a lo largo de su educación obligatoria.

En definitiva, no creo que la introducción precoz del aprendizaje de una lengua extranjera como asignatura sea la panacea que resuelve los problemas relativos al dominio de su uso. Por contra, creo que es desviar la cuestión y que, desde la profesión de educar, la reflexión más importante se refiere al tipo de didáctica a desarrollar en parvulario, en la Educación Primaria y en la Secundaria Obligatoria para garantizar que independientemente del momento en que un escolar ha entrado en contacto con la lengua extranjera aprenda a hacer cosas con ella.

. Continuidad entre parvulario y educación primaria

. Parvulario, mejor que mejor

. El tema de los recursos


   
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