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La educación multicultural y el
concepto de cultura
JF. Javier García Castaño, Rafael A.
Pulido Moyano, Ángel Montes del Castillo
Laboratorios de Estudios Interculturales de las Universidades de
Granada, Almería y Murcia (España), respectivamente.
Desde nuestro punto de
vista, la discusión sobre educación multicultural surge en el
momento en que ciertos aspectos de la variable cultura, en tanto
variable representativa de la diversidad, se introducen en el
aula y en la escuela. Cuando existe una presencia de grupos
étnicos claramente diferenciados por razones del color de piel,
lengua materna, valores y comportamientos religiosos, y, junto a
todo ello y otros elementos más, diferencias socioeconómicas, se
reconoce la necesidad de una educación «especial» para atender
tales diferencias. Aparece una nueva forma de conceptualizar la
discriminación que se practica a través de la escuela: la
discriminación por la diferencia cultural. La vieja (?) escuela
discriminatoria y reproductora de las diferencias de sexo y
clase también discrimina ahora (siempre lo hizo) a quienes
pertenecen a grupos culturales diferentes al dominante y
hegemónico en ella, y ambas discriminaciones, lógicamente,
caminan juntas.
1.
Presentación
La educación
multicultural nace de una reflexión sobre la presencia en las
escuelas occidentales de minorías que, además de necesitar un
trato adecuado por la «distancia» entre su cultura y la cultura
presentada y representada por la escuela occidental, necesitan
una atención especial ante el fracaso continuado cuando acceden
a esta última. Se diseñan entonces programas que tratan de
mejorar la situación de estos colectivos en las escuelas y que,
en algunos casos, promuevan un respeto hacia su cultura de
origen y una integración en la cultura de «acogida» (o al menos
eso es lo que idealmente se pretende). Ésta es la idea genérica
sobre la aparición de la educación multicultural, aunque hoy
existen diferentes formas de entender qué es una educación
multicultural.
En este trabajo
presentaremos justamente las diferentes maneras de entender la
educación multicultural desde la perspectiva de una disciplina
como la antropología de la educación (subdisciplina del tronco
general de la antropología social y cultural). El análisis de
las diferentes maneras de entender la educación multicultural se
realizará a partir del concepto de cultura: el concepto nuclear
de la antropología social y cultural.
Sostenemos que detrás de
cada modelo de educación multicultural se encuentra una
concepción de la cultura. No puede ser de otra manera. El hecho
de que en muchos casos tal concepto no sea explícito nos obliga
a «denunciarlo» y a reflexionar sobre la necesidad de tal
conceptualización. A partir de ellos construiremos, desde la
antropología social y cultural, una versión del concepto de
cultura y expondremos, desde tales premisas, lo que nosotros
entendemos por educación multicultural.
2.
Modelos de Educación Multicultural
Ya en otro lugar (García Castaño y
Pulido`Moyano, 1992) hemos revisado y documentado las diversas
concepciones sobre la educación multicultural. Lo que exponíamos
en aquel trabajo era una revisión no exhaustiva, aunque sí
orientativa, de la producción en el campo de la educación
multicultural, y lo hacíamos clasificando los trabajos en
diferentes apartados según el concepto de multiculturalidad que
subyacía en ellos. Para organizar la revisión, nos servíamos del
ya quizá clásico artículo de Gibson (1984) en el que se analizan
diversos enfoques de la educación multicultural en los EE.UU.,
en un esfuerzo por incrementar la claridad conceptual y hacer
explícitos una serie de supuestos que subyacen en cada
conceptualización. Además de ello, nuestras fuentes
bibliográficas se ampliaban en el tiempo y en las bases
documentales consultadas2 : ERIC, FRANCIS, BIBE, así
como la revista Anthropology and Education Quarterly y
diferentes materiales monográficos o de recopilación a los que
pudimos acceder3. Posteriormente (García Pulido y
Montes, 1994) presentamos cada una de las posiciones (seis en
total) de manera resumida, aludiendo a los principios que
subyacen en cada una de las versiones de educación multicultural
y sus fundamentaciones teóricas. Consideramos que en esta
segunda versión de crítica a los modelos de educación cultural y
de intento de construcción de una posición teórica sobre el
significado de la educación multicultural no aparecía
suficientemente clarificada nuestra posición sobre los conceptos
de cultura que subyacen en tales modelos de educación
multicultural. Este nuevo texto es por ello una ampliación de
aquel en el que lógicamente algunos aspectos se repiten y otros
son completamente nuevos.
Manteniendo la clasificación de los modelos de
educación multicultural, aunque ahora los exponemos de manera
más reducida. También, para una mayor orientación, hemos
considerado oportuno continuar señalando las correspondencias
entre los modelos identificados por Gibson y los que otros
autores han descrito en diversas tipologías, concretamente Banks
(1986) y Sleeter y Grant (1987). Lo nuevo se refiere en este
apartado a las versiones críticas que desde nuestro punto de
vista deben observarse en las concepciones de cultura que se
«ocultan» tras la manera de entender lo que significa
«multicultura». Tales versiones críticas las exponemos tras el
resumen de los modelos. Lógicamente, no se trata de tomar
posición en contra de todo lo que se ha expuesto sobre la
educación multicultural; nuestra aceptación podrá observarse en
la propuesta que en la segunda parte de este trabajo hacemos
sobre lo que debe suponer una educación multicultural.
2.1.
Educar para igualar: la asimilación cultural
Lo que se pretende desde
este primer modelo es igualar las oportunidades educativas para
alumnos culturalmente diferentes. Tal posición surgió ante el
fracaso académico continuado de los alumnos pertenecientes a los
grupos minoritarios, y también como rechazo de la hipótesis del
déficit genético y cultural como causa de dicho fracaso. Los
supuestos claves que subyacen en este primer enfoque son: 1) los
niños culturalmente diferentes a la mayoría experimentarán
desventajas de aprendizaje en escuelas sometidas por los valores
dominantes; 2) para remediar esta situación, creada por los
programas de educación multicultural, se debe aumentar la
compatibilidad escuela/hogar; y 3) mediante los programas que
promueve este enfoque se aumentará el éxito académico de los
alumnos. La educación multicultural, que desde esta perspectiva
evita los supuestos de esos programas de compensatoria que
niegan las diferencias culturales, asume una patología del
ambiente familiar e intenta cambiar a los niños, su lengua e,
incluso, las pautas de sus padres sobre la crianza.
El diseño de programas
para educar al excepcional o al culturalmente diferente, como
los denominan Sleeter y Grant (1988), está basado en la teoría
del capital humano, según la cual la educación es una forma de
inversión en la que el individuo adquiere destrezas y
conocimientos que pueden convertirse en ingresos -en el sentido
económico- cuando son usados para obtener un empleo. En la
medida en que los individuos desarrollen su capital humano a
través de la educación, hallarán unas mejores condiciones de
vida y mejor será la economía y la sociedad en general. Así
pues, a nivel teórico, la pobreza y la discriminación provienen,
en gran parte, del hecho de que los grupos marginados no poseen,
por lo común, las mismas oportunidades para adquirir el
conocimiento y las destrezas necesarios. Rechazadas las teorías
que defendían la deficiencia fisiológica, mental o lingüística
de estos colectivos, surgieron otras que sustituyeron el término
«deficiencia» por el de «diferencia», basadas en la idea de una
multiplicidad de modelos de desarrollo psicológico, de
aprendizaje y/o de estilo comunicativo. Dado que estos modelos
son inconmensurables y sólo se entienden a la luz del contexto
cultural del que dependen, el objetivo de la educación será
lograr la compatibilidad entre la dinámica del aula y la
dinámica cultural de origen de los grupos de individuos
«diferentes» al grupo cultural dominante/mayoritario que sirve
como referencia en la escuela.
En definitiva, se trata
de diseñar sistemas de compensación educativa mediante los
cuales el «diferente» puede lograr acceder con cierta rapidez a
la competencia en la cultural dominante, siendo la escuela la
que facilita el «tránsito» de una cultura a la otra.
En este primer enfoque
se encuadrarían, como hemos apuntado, parte del grupo de trabajo
que Sleeter y Grant denominan «enseñando a los culturalmente
diferentes», así como los paradigmas «asimilacionista» y «de
privación cultural» identificados por Banks, todos ellos
sustentados por la teoría del déficit cultural.
2.2.
El entendimiento cultural: el conocimiento de la diferencia
En este segundo
enfoque se apuesta por una necesaria educación acerca de
las diferencias culturales y no de una educación de los llamados
culturalmente diferentes. Se trata de enseñar a todos a valorar
las diferencias entre las culturas. Partiendo de este criterio
se piensa, entonces, que la escuela debería orientarse hacia el
enriquecimiento cultural de todos los alumnos. La
multiculturalidad sería un contenido curricular. Todos los
alumnos -sean de minorías o de la corriente cultural dominante-
necesitan aprender acerca de las diferencias culturales, hacia
las cuales las escuelas deben mostrar una mayor sensibilidad,
modificando sus currícula, si fuese necesario, para reflejar de
manera más precisa sus intereses y peculiaridades. Hay que
preparar a los estudiantes para que vivan armoniosamente en una
sociedad multiétnica, y para ello habrá que abordar en el aula
las diferencias y similitudes de los grupos, con objeto de que
los alumnos comprendan esa pluralidad (García, 1978; Seifer,
1973; Wynn, 1974; Solomon, 1988).
Educación multicultural
significa aprender acerca de los diversos grupos culturales,
ahondando en las diferencias culturales y, con el mismo énfasis,
en el reconocimiento e identificación de las similitudes
culturales.
Siguiendo otras
tipologías de educación multicultural, la literatura de
«Relaciones Humanas» según Sleeter y Grant, y los paradigmas
«aditivo étnico», «autoconcepto» y «racismo» según Banks, se
corresponderían con la literatura de este segundo enfoque.
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an lang="ES-TRAD">El fundamento teórico de
este enfoque, según Sleeter y Grant (1988), se encuentra en
buena medida en teorías de la psicología social como la teoría
sobre el prejuicio, el autoconcepto o el grupo de referencia.
Algunos teóricos se han centrado en el desarrollo del prejuicio
y del estereotipo a nivel individual y otros a nivel grupal,
mientras que otros han abordado los procesos de generación del
autoconcepto. Respecto al prejuicio, se sostiene que los niños
tienden a sobrecategorizar y estereotipar muchas cosas hacia el
final del período de la infancia. Sus categorías habrían
adquirido muchos atributos descriptivos que aplican a todo
aquello -objeto o humano- que parezca ajustarse a la categoría,
aunque estos sesgos categoriales y de estereotipo no llevan por
sí mismos al rechazo de otros grupos. Sleeter y Grant explican
que, para responder a este último punto, los teóricos han
empleado la teoría psicodinámica, según la cual la mente posee
impulsos y capacidades innatos como la agresión, la afiliación a
otros, el miedo a los extraños o la necesidad de una autoimagen
positiva, que se manifiestan en sentimientos y necesidades,
siendo conscientes sólo algunas de ellas. El odio o rechazo a
otros, por ejemplo, puede deberse a una incapacidad por parte
del sujeto para controlar la frustración que le produce no
lograr satisfacer algunas de esas necesidades básicas.
2.3.
El pluralismo cultural: preservar y extender el
pluralismo
Este tercer enfoque
o manera de entender la educación multicultural surge de la no
aceptación por parte de las minorías étnicas de las prácticas de
aculturación y asimilación a las que se encuentran sometidas en
el contacto con las culturas mayoritarias. Para estas minorías
ni la asimilación cultural ni la fusión cultural son aceptables
como objetivos sociales últimos. Habría que mantener la
diversidad, y, por ello, la escuela debería preservar y extender
el pluralismo cultural. Para que pueda crecer el pluralismo
cultural han de reunirse cuatro condiciones: 1) existencia de
diversidad cultural dentro de la sociedad; 2) interacción inter
e intragrupos; 3) los grupos que coexisten deben compartir
aproximadamente las mismas oportunidades políticas, económicas y
educativas, y 4) la sociedad debe valorar la diversidad cultural
(Stickel, 1987).
Se trata, según algunos,
de un antídoto contra el racismo (Seda Bonilla 1973) que rechaza
la asimilación y el separatismo y que expresa que el pluralismo
cultural significa no juzgar el modo de vida de los otros usando
los criterios de la cultura propia de uno.
Defiende que hay que
afrontar la cuestión de la diversidad cultural en y desde la
educación. Una primera acción ha de ser reflejar dicha
diversidad en la composición del profesorado. El profesorado
debe ser consciente de que no todos los grupos culturales
conceden el mismo valor a los componentes curriculares, ni a las
necesidades, deseos y aspiraciones de esos grupos.
Coinciden aquí en buena
medida los trabajos de «educación multicultural» (Sleeter y
Grant) y los paradigmas «pluralismo cultural» y «diferencia
cultural» identificados por Banks. Para Sleeter y Grant el
pluralismo cultural como enfoque de la educación multicultural
se apoya en teorías sociológicas, antropológicas y del
aprendizaje social. Las teorías antropológicas implicadas en
este enfoque son aquellas que abordan los procesos de
transmisión cultural, desarrolladas por la antropología de la
educación.
2.4.
La educación bicultural: la competencia en dos
culturas
Para este cuarto
enfoque la educación multicultural debería producir sujetos
competentes en dos culturas diferentes. Tal posición es
consecuencia del rechazo por parte de los grupos minoritarios de
la idea de la asimilación. Para estos grupos la cultura nativa
debería mantenerse y preservarse y la cultura dominante debería
adquirirse como una alternativa o segunda cultura. La educación
bicultural debe conducir, en último término, a la completa
participación de los jóvenes del grupo mayoritario o de los
minoritarios en las oportunidades socioeconómicas que ofrece el
Estado, y todo ello sin que los miembros de un grupo minoritario
tengan que perder su identidad cultural o su lengua (Morrill,
1987), dotándoles de un sentido de su identidad y preparándoles
a la vez para que participen de lleno en la sociedad dominante
(Burger, 1969).
De entre los aspectos
importantes señalados en este enfoque, destacaríamos el de la
lengua en el desarrollo de competencias culturales, pues se
entiende como un elemento decisivo en la labor de «puente» entre
dos culturas (Brennan y Donoghue, 1974).
Este cuarto enfoque sería
similar al paradigma denominado por Banks «lenguaje» y, en buena
medida, a mucha de la literatura que Sleeter y Grant llaman
«estudios sobre grupos concretos».
2.5.
La educación como transformación: educación
multicultural y reconstrucción social.
En este quinto enfoque
englobaríamos: 1) algunas referencias que Gibson adjudicó al
modelo pluralista, 2) la «educación multicultural que es
reconstruccionista social», como la llaman Sleeter y Grant, y 3)
el paradigma «radical» citado por Banks. Desde estas posiciones
se concibe la educación multicultural como un proceso encaminado
a lograr un desarrollo de los niveles de conciencia de los
estudiantes de minorías, de sus padres y de la comunidad en
general acerca de sus condiciones socioeconómicas, con objeto de
capacitarles para la ejecución de acciones sociales basadas en
una comprensión crítica de la realidad.
En este enfoque también
podemos encuadrar la producción que Delgado-Gaitán (1992)
categoriza como perteneciente al modelo de fortalecimiento
(empowerment model).
Según Sleeter y Grant
(1988), tres tipos de teorías convergen en la base de este
enfoque. En primer lugar, teorías sociológicas, como la teoría
del conflicto y la teoría de la resistencia. El comportamiento
social está organizado a partir de una base grupal más que
individual, y los grupos luchan por el control de los recursos
de poder, riqueza y prestigio que existen en la sociedad. Cuanto
más escasos son estos recursos, más intensa es esa lucha y más
importante deviene la pertenencia al grupo. Para la
solidificación, extensión y legitimación del control que
ejercen, los grupos dominantes estructuran instituciones
sociales que operan para mantener o incrementar dicho control, y
es esta estructuración la que lleva al racismo, al sexismo y al
clasismo institucionales. A primera vista parece imposible un
cambio social, pero el desarrollo de la teoría de la resistencia
pone de manifiesto que los grupos oprimidos no se acomodan
pasivamente a la situación, sino que luchan y se oponen a ella,
siendo muy variadas las formas de lucha y oposición.
En segundo lugar, teorías
sobre el desarrollo cognitivo, en las que se defiende el
carácter constructivista del aprendizaje (Piaget, Vygotsky), y
la importancia de la experiencia propia del sujeto en esa
construcción. No basta con decir a los niños que hay otros
grupos y hablarles acerca de ellos, sino que los niños tendrán
que interactuar con dichos grupos, pues será la experiencia
directa la que contribuya a generar un conocimiento sobre estos
grupos. El énfasis en el mundo del niño y en la acción social
reflejados en estas teorías está en la base de la adopción de
ellas por parte de los defensores de este enfoque de la
educación multicultural.
En tercer lugar, teorías
de la cultura, en las que ésta se contempla como una adaptación
a circunstancias vitales determinadas en gran parte por la
competición entre grupos por la posesión de recursos. Se rechaza
el acento en los aspectos de ideación (conocimientos, valores,
creencias) de la cultura y en la concepción estática presente en
las teorías sobre su transmisión, enfatizándose, por el
contrario, los aspectos materiales y los relativos a la
estructura política de las sociedades, así como el carácter
«improvisado» de la creación de la cultura a partir de la base
del día a día, un proceso siempre en curso, similar al que sigue
la construcción individual del conocimiento.
2.6.
Educación
antirracista
Aunque la educación
multicultural y la educación antirracista están conectadas
lógicamente y la combinación de ambas es más eficaz que su
separación (Grinter, 1992), un repaso al desarrollo de ambas
ofrece la imagen de un debate y cierta oposición entre ellas.
Aunque en cierto sentido nos unimos a Leicester (1992) en la
opinión de que esta dicotomía es falsa, comenzaremos señalando
algunos de los puntos que este autor contempla en su descripción
comparada de uno y otro «paradigma». Será éste el sexto
enfoque de la educación multicultural.
Lo que se compara son los
aspectos ideológicos y axiológicos de uno y otro, y no sus
respectivas fundamentaciones teórico-científicas. Así, frente al
liberalismo que enfatiza la libertad de pensamiento y acción que
posee cada individuo, sustentador de una educación multicultural
que persigue el entendimiento entre culturas y el cambio
paulatino de la sociedad a través de la educación,
encontraríamos, en el caso de la educación antirracista, una
ideología radical apoyada en un análisis de clases de
inspiración marxista, puesta al servicio de una transformación
social basada en la liberación de los grupos oprimidos y la
eliminación de las discriminaciones institucionales, concibiendo
la escuela como una agencia para la promoción de la acción
política.
Una de las diferencias
más importantes entre una educación multicultural no racista
y una educación abiertamente antirracista se encuentra en
cómo explica cada opción la conversión de las diferencias en
desigualdades, conversión que tiene lugar durante la
construcción cognitiva de las categorías de seres humanos.
Alegret (1992, 21-22) explica:
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Para los no racistas las
explicaciones de esta transformación se agotan en los
prejuicios y la ignorancia. Por tanto, para ellos el racismo
no es más que una cuestión de discriminación «fácilmente»
superable a través de una intervención educativa adecuada,
en el sentido de transmitir los valores y los contenidos
necesarios para que no se «produzca» el racismo.
Sin embargo, para los
antirracistas las explicaciones acerca de la transformación
de las diferencias en desigualdades no son de tipo
psicopatológico, sino de tipo ideológico. Por tanto, para
los antirracistas lo esencial es organizar una estrategia de
intervención educativa adecuada para que no se «reproduzca»
el racismo.
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La educación
antirracista representa un cambio por cuanto se pasa «de una
preocupación por las diferencias culturales a un énfasis en la
forma en que tales diferencias se utilizan para albergar la
desigualdad» (Moodley, 1986, 64). Según Banks (1986), entre sus
asunciones centrales se encuentra la idea de que el racismo es
la causa principal de los problemas educativos de los grupos
étnicos minoritarios (no blancos), y que la escuela puede y debe
jugar un papel crucial en la eliminación del racismo personal e
institucional.
2.7.
Sobre los significados de cultura en la expresión
de lo «multicultural»
La idea de cultura que
subyace en varios modelos obstaculiza la defensa de la igualdad
entre los individuos que en teoría se persigue en todos ellos.
Dejando de lado ahora nuestra duda acerca de que la escuela
pueda igualar o compensar por ella misma las diferencias
culturales (en el amplio sentido del término) que los niños
traen a las escuelas, queremos enfatizar que, con esa concepción
de las culturas, implícitamente se apoya la idea de que, además
de diferentes, son desiguales. En la necesidad de
reconocer y atender a las culturas minoritarias en la escuela,
se afirma de modo no explícito -y a menudo quizá no
intencionado- que todas las culturas no son válidas para el
desenvolvimiento social, por lo que deben ser «sustituidas» por
las culturas mayoritarias. Un aparente relativismo inicial de
reconocimiento de la diversidad intercultural encierra al final
un fuerte etnocentrismo encubierto.
La hipótesis de que
existen culturas deficitarias frente a culturas no deficitarias,
no supone reconocer la diferencia de las culturas, sino la
desigualdad. Basta pensar en quién establece cuáles son los
déficits de una cultura frente a otra para caer en la cuenta de
que no se trata de una práctica de igualdad. El hecho de que
determinados grupos no hayan desarrollado una adaptación a los
nuevos contextos en los que conviven, no nos legitima para
hablar de déficit alguno de tal grupo o de tal cultura, sino
simplemente de la no puesta en práctica, por el momento, de
estrategias adaptativas en tales contextos. Las culturas se
diferencian, entre otras razones, por su particular manera de
adaptarse a contextos igualmente diferentes, y es precisamente
en esa diferencia, que no desigualdad, sobre la que deben
compararse y encontrarse unas y otras. Así, reconocer el déficit
de una cultura minoritaria frente a otra presuntamente
mayoritaria por dominante, equivale a no admitir la capacidad de
cualquier cultura para generar nuevas estrategias adaptativas en
nuevos contextos.
Mantener que existe una
cultura dominante frente a otras minoritarias es establecer con
relativa claridad las fronteras entre las que una y otras se
mueven y se enfrentan. Por supuesto, no negamos la existencia de
relaciones de dominación, sino que dudamos de que las fuerzas de
esas relaciones puedan dibujarse tan fácilmente. No son
‘culturas’ en sí las que combaten por el espacio del poder en la
sociedad, sino determinados ‘grupos’ que, la mayor’a de las
veces, invocan en sus discursos una supuesta cultura que les
respalda y concede legitimidad.
Reconocemos que es del
todo posible imaginar esa idea de la cultura como algo
perfectamente delimitado, sobre todo teniendo en cuenta qué
conceptos de cultura han tenido mayor vigencia (incluyendo
concepciones antropológicas), pero lo cierto es que las
observaciones de las prácticas culturales cotidianas nos
muestran las dificultades -la virtual imposibilidad- de
delimitar con nitidez una cultura. Todo este argumento debe
impulsar una «nueva» reflexión sobre qué significa hablar de las
diferencias entre las culturas, y qué significa realmente
admitir la diversidad intercultural.
No debemos perder de
vista, como ya hemos indicado más arriba, que incluso el
bienintencionado respeto por las diferencias del ‘otro’ puede
encerrar cierta asunción de la desigualdad. Enfatizar la
diferencia y matizar que no es lo mismo que desigualdad, no es
tarea fácil, ni es algo que se desprenda de la lógica. En los
contextos occidentales actuales, en los que las desigualdades
justificadas culturalmente son habituales, enfatizar las
diferencias es arriesgarse a convertirlas en desigualdades. Ello
se debe, una vez más, a que los «bordes» de las culturas son
entendidos como algo fácilmente identificable. Estas
demarcaciones pudieron ser útiles, si es que realmente lo fueron
en algún momento, cuando la antropología hizo correspondencias
una a una entre zonas geográficas y culturas. Los ‘otros’, los
diferentes, los primitivos, los marginados, estaban ubicados en
«sus» lugares «originarios» y, dada esa relativa distancia,
podría resultar útil diferenciar a los unos de los otros bajo
discursos de aparente respeto hacia todos. En otras palabras,
pareció útil diseñar el principio relativista en la comprensión
de la cultura. Pero cuando el ‘otro’ se encuentra entre
‘nosotros’, cuando la identificación entre una cultura y una
unidad geopolítica ya no sirve, el principio relativista no
resuelve tantas cuestiones como tal principio teórico de la
antropología (quizá sí como estrategia metodológica). Es decir,
un reconocimiento de las diferencias culturales entre los grupos
que «conviven» en un mismo espacio geográfico no debe olvidar
que, en gran medida, las diferencias han sido construidas desde
una idea muy estática de qué son las culturas y, por tanto,
enseñar las diferencias es una nueva manera de cosificar las
culturas y favorecer la asunción de la desigualdad desde tal
inmovilismo.
Las culturas en contacto
interactúan y generan nuevas culturas. Así las cosas, enseñar
las diferencias entre las culturas se reduce a enseñar la
historia de tales culturas. Si se conciben las culturas como
vinculadas a y fruto exclusivamente del entorno geográfico,
parece posible mostrar con facilidad las diferencias entre
culturas desde estas posiciones. Teniendo en cuenta lo dicho
hasta aquí, es difícil aceptar que las culturas se vinculan a
los espacios geográficos más que a los grupos humanos (aceptar
la influencia de los entornos ecológicos en la construcción de
la cultura no es afirmar que la determinen por completo).
Estas matizaciones sobre
el significado de la construcción de las diferencias añade una
nueva complejidad. Se trata de aclarar aún más las razones que
tenemos para pensar que la creación de las diferencias encierra
una práctica de generación de desigualdad. Todos sabemos que no
es exclusivo de l
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as culturas occidentales que sus miembros se
autoperciban como distintos a los que no pertenecen a ellas. En
general, se acepta que toda cultura, por el hecho de serlo,
establece una distancia con respecto a otras culturas, situando
a las distantes en posiciones de inferioridad y/o connotación
negativas (como queda reflejado en las diferentes lenguas). Tal
hechura de la diferencia mediante la distancia abre la vía para
un sistema de desigualdad. Y aunque todos los grupos practican,
como forma de autoafirmación y autoidentificación, la definición
de claras diferencias respecto al ‘otro’, es fácil observar que
en un sistema de dominación del ‘nosotros’ sobre el ‘otro’ no
todas las diferencias (las que señalamos ‘nosotros’ y las que
señala el ‘otro’) tienen el mismo peso ni todas son reconocidas.
Por lo general, los grupos dominantes son quienes logran que
todos entiendan que ellos son diferentes a los demás, y quienes
logran expresar con mayor claridad y eficacia cuáles son las
diferencias que les separan de los otros. Este ejercicio de
propaganda no hace sino persuadir a los grupos en desventaja
(minoritarios, marginados) de que el buen camino es el que
conduce a la reducción de tales diferencias.
De esta manera, marcar
las diferencias es otra forma de establecer jerarquías, pues, de
antemano, no todas las culturas parten de las mismas posiciones
de reconocimiento de sus diferencias con respecto a los otros.
Además, una concepción estática y cerrada de la cultura seguirá
amparando una igualdad sólo aparente, a pesar de promover el
reconocimiento de las diferencias.
Es necesario insistir en
el concepto de cultura como algo difuso, inacabado y en
constante movimiento. Desde los conceptos de cultura que
sustentan a ciertos modelos de educación multicultural, no cabe
la posibilidad de dudar siquiera de que se pueda delimitar la
cultura. Ante esta dificultad, la operación que algunos realizan
consiste en identificar cultura con grupo étnico. Esta primera
identificación va seguida de una segunda aún más compleja:
identificar pluralidad de grupos étnicos con pluralidad
cultural.
De nuevo nos encontramos
con la idea de que parece posible expresar con claridad dónde
acaba y dónde empieza cada cultura, y con ello, cómo queda
representado un mosaico de culturas. Éste es un nuevo
reduccionismo que equipara claramente el concepto de cultura y
la identidad de un grupo. No se puede negar que los miembros de
un grupo cultural puedan tener y de hecho tengan una identidad,
pero creemos que resulta empobrecedor, para el significado y la
realidad de la cultura, que lo cultural de un grupo se reduzca a
su identidad. La identidad representa muchas veces los puntos de
encuentro entre los miembros del grupo, la versión y visión que
mejor describe de manera homogeneizadora a tal grupo, pero los
análisis de la práctica cultural nos muestran que tal identidad
se forja, se mantiene y se transforma en un sinfín de
enfrentamientos y tensiones, y que se construye principalmente
frente a algún otro. Los análisis de lo cultural demuestran que
una parte de la cultura está constituida por los mecanismos de
identificación de los individuos del grupo, pero esto es sólo
una parte de la cultura, salvo que queramos admitir que la
cultura es exclusivamente un instrumento para la diferenciación
en la alteridad.
3.
La educación multicultural desde la antropología social y
cultural.
Hasta aquí hemos
presentado las diferentes maneras de entender la educación
multicultural que se tienen en la actualidad. Hemos tratado de
mencionar de manera más o menos explícita la aproximación en
cada enfoque a un cierto concepto de cultura, aunque en muchos
casos parezca desconocerse o no entenderse por los autores
encuadrados en cada enfoque qué entienden ellos por tal
concepto. Pasaremos ahora a justificar las razones que nosotros
tenemos para hacer girar el entendimiento de la educación
multicultural en torno al significado de «cultura».
3.1.
El concepto de cultura en la educación multicultural:
su necesidad.
Si tenemos en cuenta que
casi la totalidad de la producción sobre educación multicultural
ha sido realizada por educadores y para educadores, no es de
extrañar que en la elaboración de tipologías o categorizaciones
de la educación multicultural no se haya utilizado como criterio
el concepto de «cultura» que había detrás de cada modelo,
paradigma o enfoque en educación multicultural. Ello es así en
la medida en que el propio concepto de cultura no ha tenido una
posición central en la construcción de los discursos teóricos
sobre la educación, ni ha representado una «variable»
fundamental sobre la que basar el pensamiento de los educadores.
Como veremos a continuación, ha existido y existe una gran
variedad de conceptos implícitos de «cultura» detrás de los
discursos sobre educación multicultural, pero no queremos aquí
elaborar otra tipología más a partir de este criterio. Lo que
deseamos enfatizar es, en primer lugar, que la no explicitación
del concepto de cultura ha supuesto una barrera para el avance
de la investigación sobre los fenómenos del multiculturalismo y
la escuela, y, en segundo lugar, que no ha existido ningún
modelo, paradigma o enfoque de educación multicultural que
estuviese fundamentado principalmente en un aparato conceptual
antropológico.
No vamos a enumerar aquí
los puntos débiles de los modelos reseñados o las críticas
vertidas sobre ellos. Sí queremos insistir en que estos modelos
carecen de un concepto de cultura sólido. Moodley (1986, 69)
indica lo siguiente al respecto:
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En la mayoría de las
visiones sobre educación multicultural se halla implícita
una concepción algo estática de la «cultura». La cultura es
vista como un conjunto más o menos implícito de
características inmutables atribuibles a grupos diferentes
de personas. Éstas son usadas para identificar a la gente y,
a menudo, para producir estereotipos, en contra de la
intención (Rosen, 1977). La noción de cultura expuesta por
el Libro IV de la Royal Commission (1969, p. 11) como idea
final, bajo el epígrafe «Las contribuciones culturales de
otros grupos étnicos», revela una ficción lírica que se
asemeja poco a la realidad de las minorías. «La Cultura»,
glosaba la Comisión, «es una forma de ser, pensar y sentir.
Es una fuerza rectora que anima a un grupo significativo de
individuos unidos por una lengua común que comparten las
mismas costumbres, hábitos y experiencias».
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Bullivant, quizá
uno de los autores que ha insistido con más fuerza en la
necesidad de partir del tratamiento antropológico del concepto
de cultura como base para el diseño de la educación
multicultural, incide en este tipo de utilizaciones equivocadas
y/o alejadas del tratamiento científico que por parte de la
antropología actual se hace de tal concepto (1986, 112):
|
|
El Comité adoptó también una visión del
concepto de cultura similar a la del Galbally Committee,
basada en la bien conocida, pero superada a nivel teórico,
definición de Taylor (1871). No obstante, es inherentemente
limitado, de cara a un diseño político de largo alcance,
adoptar «el uso popular, más común en educación que iguala
la cultura con la herencia de un grupo, esto es,
tradiciones, historia, lengua, artes y otros logros
estéticos, costumbres religiosas y valores» (Comittee on
Multicultural Education, 1979, p. 68, énfasis de Bullivant).
|
Al comienzo de este
trabajo defendíamos justamente que el surgir de la educación
multicultural tiene especial relación con la presencia de grupos
étnicos diferenciados en el aula escolar, con la aparición del
concepto de cultura en el entendimiento de la diversidad en la
escuela. Por ello, sin la clarificación conceptual sobre qué
entendemos por «cultura», difícilmente podemos entender el
significado total de lo que es la educación multicultural. En
este sentido, creemos que Wilson (1992) exagera al intentar
justificar el uso indiscriminado de los términos «raza»,
«cultura» y «étnico» diciendo, respecto al concepto que más nos
interesa, que no ha visto «ninguna definición del término
[cultura] que tuviese una pretensión seria de claridad».
Existen diversas
definiciones de «cultura» en trabajos sobre educación
multicultural. Así, Lynch, Modgil y Modgil (1992, 9) indican
que, «por supuesto, cada estructura [política] posee su cultura
propia distintiva, que incluye normas, valores, ideologías,
asunciones, símbolos, significado, lenguaje y otro capital
cultural compartido que hace posible que funcione como una
unidad coherente, sin desintegrarse». Y García (1992, 105-6),
partiendo de Kroeber y Kluckhohn, entiende que «'la cultura' es
la totalidad de las creencias aprendidas, herramientas y
tradiciones compartidas por un grupo de humanos para dar
continuidad, orden y significado a sus vidas; consta de las
experiencias y productos acumulados por un grupo». En palabras
de Strivens (1992, 212), la cultura consiste en:
|
|
... aquellos fenómenos
que crean un sentido de identidad común entre un grupo
particular: un lenguaje o dialecto, fe religiosa, identidad
étnica y localización geográfica. Se trata de factores
subyacentes que dan lugar a comprensiones, reglas y
prácticas compartidas que gobiernan el desarrollo de la vida
diaria. El comportamiento cultural es comportamiento
aprendido, pero tan profunda y completamente aprendido que
pasa a ser en gran medida inconsciente.
|
Por otro lado,
Taboada (1992, 155-6) entiende que, en la tradición
antropológica anglosajona, la cultura aparece como «un todo
estructurado de manera de actuar, pensar y creer que proporciona
a los grupos respuestas a los problemas que presenta el entorno,
y asegura la cohesión de aquéllos», explicando a continuación
las dificultades creadas por esta concepción:
|
|
El trabajo de
antropólogos y etnólogos en sociedades más pequeñas y
aisladas ha contribuido a la imposición de una definición de
cultura que insiste en el carácter de esta totalidad, en sus
aspectos integradores y funcionales.
(...) Así, la cultura
del país de origen es conceptuada como un todo funcional
homogeneizado, transmitido idénticamente de una generación a
la siguiente. Es este concepto ideal-típico de la cultura
extranjera que nos llega de trabajos literarios y
artísticos, así como del folklore estereotípico, el que
sirve como referente para el debate acerca de la educación
de las culturas de los inmigrantes.
Es necesario
problematizar este concepto, en la medida en que sus
aspectos de continuidad, unidad y funcionalidad sean lo que
concierne.
(...) Así, la cultura
debería ser cualquier cosa menos un regalo definitivo que el
individuo recibe en un grupo: un regalo de alguna forma
emblemático. Aparece, antes bien, como una elaboración
colectiva, en perpetua transformación, y en este sentido la
cultura del inmigrante es sólo un aspecto específico de las
modalidades de cambio de las sociedades y los individuos.
(...) [En su sentido
antropológico] la cultura es algo determinado en gran medida
por el entorno y las condiciones materiales.
|
Y en esa línea,
Donald y Rattansi (1992, 4) aluden a una redefinición de la
noción de cultura a la luz de las críticas realizadas al
concepto que subyacía al multiculturalismo, señalando lo
siguiente:
|
|
Esto sugiere una definición de cultura más
cercana a lo que muchos científicos sociales y teóricos de
la cultura habrían tenido en la mente cuando hablan sobre la
cultura que lo que están las versiones asociadas con el
multiculturalismo o el antirracismo. Esto no se limita a las
creencias religiosas, los rituales comunales o las
tradiciones compartidas. Por el contrario, comienza con la
forma en que tales fenómenos manifiestos son producidos a
través de sistemas de significado, a través de estructuras
de poder y a través de las instituciones en las que unos y
otras se despliegan.
|
(...) Desde este punto de
vista, la cultura deja de entenderse como aquello que expresa la
identidad de una comunidad. Antes bien, se refiere a los
procesos, categorías y conocimientos a través de los cuales las
comunidades son definidas como tales: es decir, cómo se las
representa específicas y diferenciadas.
Pensamos que desde
coordenadas teóricas de la antropología social y cultural sí se
ha generado un concepto de cultura lo suficientemente rico como
para fundamentar toda una propuesta, un nuevo modelo sobre
educación multicultural. Antes de expresar algunas de las
características de este modelo, nos extenderemos en su base
conceptual
3.2.
Un concepto de cultura
En general, en las
ciencias sociales se ha supuesto que la cultura es explicable
mediante una generalización descriptiva como una vasta
organización homogénea. De esta manera los antropólogos hemos
pensado, y hemos hecho pensar a muchos, que muchas sociedades
son monoculturales y tan sólo ahora, cuando hablamos de
sociedades urbanizadas postindustriales, nos empezamos a referir
a ellas como multiculturales. Y lo cierto es que las diferencias
entre sociedades complejas y simples en lo referente al
multiculturalismo es tan sólo una diferencia de grado y no de
tipo (Goodenough, 1976).
Es obvio que a la hora de
contarle a «otro» cómo somos «nosotros» utilizamos una serie de
referencias que nos definen homogeneizándonos, pero no
utilizaríamos estas mismas referencias para definirnos a
nosotros mismos (quizá nunca pasamos por un proceso de
autodefinición de este tipo). No sólo no serían muy útiles sino
que, desde la primera a la última, toparíamos con objeciones de
nuestros paisanos, que no se encontrarían a gusto reflejados en
las referencias utilizadas para definirles frente a los «otros».
Y eso es así porque cuando nos definimos como grupo frente a
otro grupo no invocamos las diferencias que existen en el seno
del «nosotros» y que generan la diversidad dentro de él, sino,
por el contrario, invocamos las similitudes que nos aproximan,
construyendo un discurso homogeneizador en el que no hacemos
otra cosa que seleccionar aquellos temas que tienen una mayor
relevancia para el mantenimiento del grupo social
(García-García, 1988).
Somos conscientes de
tales divergencias cada vez que proponemos a nuestros alumnos la
tarea de dar una definición de la cultura española, o de la
andaluza, o de la granadina. Algunos se atreven a emitir juicios
cuando nos referimos a la cultura catalana, pero no van más allá
de los tópicos; a partir de la generalización y el estereotipo,
cuesta menos trabajo definir al «otro». No queremos decir con
esto que no se pueda hablar de tal o cual cultura de un
determinado grupo, nada más erróneo; lo que tratamos de exponer
es que cuando pretendemos «proyectar» tal o cual cultura en cada
uno de los individuos que la componen, nos encontramos con
serios problemas para reconocer una réplica de dicha cultura en
cada uno de los comportamientos, acciones o actividades que cada
individuo realiza. Y es que cada individuo tiene una versión
particular de todo aquello que le rodea, una versión particular
de la cultura a la que decimos que pertenece (si es que se puede
hablar de pertenecer a una única cultura), mostrándose en sus
comportamientos o puntos de vista particulares divergencias con
respecto a lo que aparece como norma establecida en el discurso
homogeneizador.
Los términos quizá no son
muy brillantes, pero sí orientativos y clarificadores: cada
individuo posee su versión propia, personal y subjetiva de la
cultura que los demás le atribuyen (entre ellos el científico
social), y esa versión es diferente a la de los otros miembros
componentes de su grupo. Cada miembro tiene una versión personal
de cómo funcionan las cosas en un determinado grupo y, de este
modo, de su cultura. Lo que se presenta ante nosotros como la
cultura de ese grupo no es otra cosa que una organización de la
diversidad, de la heterogeneidad intragrupal inherente a toda
sociedad humana. La idea de una «diversidad organizada» remite a
la existencia en un grupo de tantas versiones sobre el mundo y
la vida como individuos la compongan, versiones diferentes pero
equivalentes o «co-validables», de manera que las diferencias no
inhiben la identificación y el reconocimiento entre los miembros
como poseedores de esquemas mutuamente inteligibles.
\n';
document.write(barra);
}
}
changePage();
ize="2">Una confrontación
realista entre lo que la gente hace y lo que esta misma gente
dice que hace nos pondría sobre la pista de lo que queremos
exponer: oímos un discurso homogeneizador y observamos una
pluralidad de conductas heterogéneas. Gran parte de la tarea del
antropólogo, si no toda, está en saber combinar ambas
informaciones para, en esa confrontación, explicitar y explicar
la cultura, y quizá llegar a interpretar qué significa lo que la
gente dice que hace en relación con lo que hace.
En esto radica la diferencia entre hacer una crónica de sucesos
particulares y mirar debajo de ellos para comprender cómo la
gente los afronta y cómo aumenta o decrece la probabilidad de su
repetición (Wolcott, 1985). Así, deberíamos inferir la cultura,
compuesta de conceptos, creencias y principios de acción e
interacción, a partir de las palabras y comportamientos de los
miembros del grupo que se estudia. De esta manera, nuestra
primera propuesta teórica sostendría que lo que propiamente
constituye la cultura no es una homogeneidad interna sino la
organización de las diferencias internas (García-García, 1991),
y que las culturas tienen una uniformidad hablada más que una
unidad real (García-García, 1988), no quedando completa la tarea
del antropólogo si concluyera su trabajo con la exposición de la
«uniformidad hablada». La tarea del antropólogo se «completaría»
cuando fuese capaz de exponer las explicaciones de la
organización de la diversidad como la cultura del grupo humano
estudiado.
3.3.
La sociedad humana como realidad multicultural.
Toda esta primera
conceptualización desde la antropología social y cultural será
especialmente determinante en el tratamiento de la
multiculturalidad. Con ella como base, diremos ahora que todos
los seres humanos, vivan donde vivan, habitan en un mundo
multicultural.
Junto a esta idea debemos
insistir en que todos los individuos de un grupo desarrollan
competencias en varias culturas (algunos prefieren
referirlas, considerándolas de igual manera, como
microculturas, en una estrategia metodológica tendente a la
clarificación de un concepto que se puede utilizar en diferentes
niveles grupales). Cada individuo tiene acceso a más de una
cultura, es decir, a más de un conjunto de conocimientos y
patrones de percepción, pensamiento y acción. Cuando adquiere
esas diversas culturas nunca lo hace completamente: cada
individuo sólo adquiere una parte de cada una de las culturas a
las que tiene acceso en su experiencia. Su versión personal de
la cultura o, con el término que acuñó Goodenough, su
propiospecto, es la totalidad de esas «parcialidades» que
conforman una visión privada, subjetiva del mundo y sus
contenidos, desarrollada a lo largo de su historia experiencial.
En este sentido seremos
multiculturales, seremos competentes en varias culturas, de
igual manera que el hijo de un inmigrante, después de una corta
estancia en su nuevo entorno de acogida, desarrollará
competencias:
En la cultura de su grupo
doméstico, tanto en su versión nativa como en su versión
adaptada a un nuevo entorno (aunque realmente no podemos separar
tales versiones, pues funcionarán dinámicamente en un proceso de
construcción y reconstrucción).
En la cultura del grupo
étnico al que pertenece, tanto en su expresión de costumbres y
tradiciones más ancestrales (ser competente no significa aquí
respetar, aceptar y/o cumplir sino, cuando más, conocer o
reconocer) como en su versión, ligada a la anterior, de
diferenciación frente a los grupos étnicos que componen el nuevo
entorno en que ha empezado a vivir.
En la cultura de los
diferentes grupos de iguales en los que pueda participar, desde
el de mayor homogeneidad étnica, quizá ligado al nuevo barrio en
el que vive, al más universalista, formado en la institución
escolar en la que se «pretenden integrar todas las
diversidades».
En la cultura del aula y
de la escuela en la que él y otros muchos niños, sin atender
aparentemente ahora a su condición de sexo, etnia y religión,
aprenderá a conocer y valorar una información (no sólo de
contenidos formales en libros de textos) que para todos se
presentará supuestamente igual y que será necesaria para acceder
a las posiciones de privilegio y poder.
Tal niño se hará
competente en muchas culturas, cargadas todas ellas de diferente
información, con las que activamente, y de manera colectiva e
individual a la vez, construirá su propia versión del mundo que
le rodea, su propia versión de los diferentes aspectos de la
cultura, su «teoría-cultural personal» (Keesing, 1974), su
propriospecto (Goodenough, 1981); una versión de la cultura
que será multicultural.
Con lo presentado hasta
el momento en esta última sección, podemos proponer las bases de
lo que sería un séptimo enfoque sobre educación
multicultural, en el que resultará básico considerar la
educación como un proceso de transmisión/adquisición de cultura4.
3.4.
Antecedentes de un modelo de educación
multicultural desde la antropología de la educación.
Es vital entender el significado de la cultura en
el estudio de las interacciones dentro de la comunidad escolar,
y la mejor visión para llegar a ese entendimiento la aporta la
antropología (St. Lawrence y Singleton, 1975). Tanto la
antropología en general como sus subdisciplinas por separado,
realizan contribuciones esenciales a la enseñanza y el
aprendizaje multicultural (Johnson, 1977). Efectivamente, la
antropología puede, como mínimo, proporcionar a la educación
multicultural un abanico amplio y diversificado de estrategias y
métodos de investigación cuya idoneidad para el tratamiento de
las realidades complejas que aquélla afronta está demostrada. La
contribución antropológica a la investigación educativa queda
patente en trabajos como el de Trueba et al. (1981), en el que
se despliegan estudios microetnográficos sobre niños de minorías
en el aula, mostrándose la validez e importancia de la
etnografía para la educación bilingüe. Foester y Little Soldier
(1981) defienden igualmente la utilización de modelos
etnográficos para analizar, comparar y localizar conflictos y/o
discontinuidades entre las culturas del hogar y de la escuela
(en el caso de los indios). En los EE. UU., y desde mediados de
los años cincuenta, los antropólogos culturales se han
involucrado en el desarrollo curricular de las escuelas públicas
(Dynneson, 1975; Dwyer-Schink, 1976), y los etnógrafos han
demostrado su capacidad para proponer maneras prácticas de
reducir el «choque de culturas» en el aula multicultural (Clark,
1963). Además de la aportación metodológica, desde la
antropología también es posible y necesaria la contribución a
los programas de acción, como demuestra el trabajo de Jordan
(1985), en el que el conocimiento antropológico guía el
desarrollo de un programa de educación bicultural, o el de
Koppelman (1979), que plantea la evaluación de estos programas
desde la conceptualización antropológica.
Sin embargo, ¿qué hay acerca de esa
concepción antropológica de la multiculturalidad como
experiencia normal humana, tal como nos propone Goodenough
(1976)? Los modelos que hemos visto hasta ahora no dejan de ser
parciales en su planteamiento y alcance, mientras que desde la
antropología podemos pensar la díada multiculturalidad/educación
con una visión holística del amplísimo y heterogéneo conjunto de
factores presentes. London (1981) entiende que la antropología
cultural constituye el marco adecuado para la obtención de tal
perspectiva, en combinación con otras disciplinas. Para este
autor, sólo así podremos hacer frente a la problemática de la
diversidad multicultural y multiétnica de la educación,
superando la insuficiencia analítica de modelos como el
asimilacionista y el pluralista.
3.5.
Asunciones básicas de una educación multicultural
fundamentada en una concepción antropológica de la cultura.
Reconocemos, junto a
Carlson (1976, 29) que, en gran medida, la educación
multicultural constituye una forma de antropología social
aplicada. Esto significa que podemos volcar el corpus teórico,
conceptual y analítico de la antropología en el desarrollo de
procesos (más o menos formales/institucionales, más o menos
«calculados») de transmisión y adquisición de diversos
repertorios culturales. En este apartado final vamos a señalar
diferentes asunciones, principios de procedimiento si se
prefiere, con los que debe construirse una educación
multicultural de base antropológica. Y empezaremos recordando
las ventajas, señaladas por Gibson (1984), que conlleva definir
la educación multcultural como el proceso por el que una persona
desarrolla competencias en múltiples sistemas de esquemas de
percepción, pensamiento y acción, es decir, en múltiples
culturas:
Ya no tenemos que seguir
equiparando educación con escolaridad, ni educación
multicultural con programas escolares formales. Desde la amplia
concepción de la educación como transmisión cultural, el
educador deja de ser el único responsable de la adquisición de
competencias culturales por parte de los estudiantes, y se
sugiere a quienes promuevan la educación multicultural que
presten mucha atención a la relación de los programas escolares
con el aprendizaje informal que se produce dentro y fuera de la
escuela.
Ya no tenemos que seguir
equiparando una cultura con una lengua o con un grupo étnico
correspondiente. Los miembros de un grupo étnico, por ejemplo,
comparten obviamente un conjunto de esquemas culturales
específicos, pero también podemos clasificar a esos miembros en
otros grupos que participan en actividades comunes, laborales,
religiosas, de ocio, etc., y puede que estas otras agrupaciones
atraviesen los límites del grupo étnico. En el desarrollo de la
educación multicultural, ello se traduce en una contribución a
la eliminación de la tendencia a estereotipar a los estudiantes
de acuerdo con sus identidades étnicas, y en una contribución a
la promoción de una exploración más profunda de las similitudes
y diferencias entre estudiantes de diferentes grupos étnicos.
Dado que el desarrollo de
competencias en una nueva cultura requiere una interacción
intensa con las personas que ya la poseen, se aprecia con más
claridad que el apoyo a escuelas étnicamente separadas es
contrario a los propósitos de la educación multicultural.
La educación
multicultural promueve competencias en múltiples culturas. Qué
cultura desplegará un individuo en cada momento es algo que
vendrá determinado por la situación en concreto. Aunque están
claramente interrelacionadas, debemos distinguir conceptualmente
entre las múltiples identidades que los individuos tienen
disponibles y sus identidades sociales primarias en un grupo
étnico particular. La identificación social y la competencia
cultural son cosas diferentes.
Desde la educación se
deberá favorecer que los estudiantes sean conscientes de la
multiplicidad cultural que les rodea y a la que están
accediendo. Ese elemento de conciencia puede alejarnos de
dicotomías como la de cultura dominante/cultura nativa, cultura
escolar/cultura del hogar, potenciando esa concepción del
multiculturalismo como la experiencia humana normal.
Desde esta perspectiva
surgen importantes matizaciones a la idea de una educación
multicultural que complementan lo que planteábamos inicialmente.
Unas, acerca de las causas por las que han aparecido los
programas de educación multicultural, otras, acerca de las
razones del posible mantenimiento de esos programas. Así, por
ejemplo, la educación multicultural deja de entenderse como
aquella que demandan los grupos de migrantes «pobres» que
originaron ese tipo de programas. La verdad es que gran parte de
la demanda de tales grupos se dirige hacia modelos de plena
asimilación para acceder a los niveles de bienestar de los
miembros «no marginales» de las culturas mayoritarias. Han
«salido» de sus respectivas culturas de origen en condiciones
socioeconómicas muy desfavorables, las mismas que persiguen
mejorar y, en algunos casos, consideran que el éxito en las
escuelas es un requisito indispensable para lograr esas mejoras
en las generaciones siguientes. Para lograrlo, algunos están
dispuestos a procesos de asimilación y asumen (conscientemente o
no) el riesgo de pérdida de su identidad cultural de origen
(cuestión diferente a ésta, aunque conectada, es el tratamiento
de los problemas de las segundas generaciones de inmigrantes en
los países de «acogida»).
Así pues, la educación
multicultural de la que ahora hablamos no es un programa para
grupos minoritarios, sino para todos los grupos, si bien desde
la concepción que venimos defendiendo no tiene mucho sentido
hablar en términos de mayorías y minorías. En consecuencia, no
debe desaparecer un programa de educación multicultural porque
cambien de signo los movimientos migratorios. No se trata de una
educación para un determinado colectivo que podemos cuantificar
y calificar de desfavorecido frente a otros. Se trata de una
educación que cuestiona incluso la propia idea de la relación
entre la escuela (como aparato de reproducción y legitimación
social e ideológica) y el Estado. La primera transmite la
cultura dominante entre las fronteras geográficas del
segundo, pero ya no se puede seguir manteniendo la idea de que
existe una homogeneidad en la cultura dominante (nunca existió
tal homogeneidad). Ahora tendríamos que preguntarnos: ¿qué
cultura entre qué fronteras?
Para nosotros, la
educación multicultural deber ser aquella que se desarrolla en
la sociedad como un proceso de producción y crítica cultural
caracterizado por:
Contemplar una diversidad
en los contenidos culturales transmitidos (a veces conducente a
contradicciones entre ellos).
Asegurar una diversidad
de los métodos de transmisión, siempre ajustados a los distintos
tipos de alumnos para facilitar el acceso de éstos al
conocimiento.
Fomentar los mayores
niveles de conciencia posibles por parte de los alumnos acerca
de la diversidad cultural, algo que «no es, con mucho, una
cuestión de entrega de información acerca de sistemas
específicos, sino de presentar éstos con objeto de lograr una
definición de qué es la cultura partiendo de la antropología
cultural actual... (mostrando) que el modelo del que emana una
cultura no se puede juzgar con referencia a otro, pues son
opciones de filosofía de la existencia que, contempladas en su
totalidad, no pueden ser jerarquizadas sobre la base del
argumento racional» (Camilleri, 1992, 144).
Preparar a los
estudiantes con los recursos cognitivos necesarios para: a)
conocer la diversidad y las diferencias culturales existentes en
sus entornos; b) percibir y analizar las desigualdades sociales
en las que a veces se traducen las diversidades anteriores,
desigualdades en la distribución del poder y los recursos en la
sociedad; c) criticar dicha traducción y construir propuestas de
transformación; y, d) tomar posición crítica y activa en la
acción social.
Desechar la idea de que
siempre es irremediable una exclusión mutua entre, por un lado,
la preservación de identidades y peculiaridades étnicas o
culturales de grupos minoritarios desfavorecidos y, por otro, la
movilidad social ascendente o el acceso a instancias de mayor
poder socioeconómico por parte de éstos. Cuando el dilema sea
real e inevitable, serán los propios miembros de los grupos que
lo afronten quienes habrán de tomar la decisión, a ser posible
desplegando habilidades como las señaladas en el punto anterior
a la hora de elaborar la decisión.
Preparar los programas a
partir de una combinación entre el análisis de las comunidades
concretas en las que se pondrán en marcha y el compromiso con
una concepción global, universal, del hecho cultural.
4.
La Educación Multicultural como Desarrollo de la Crítica
Cultural.
La cultura se transmite a
través de diferentes mecanismos y por medio de diversos agentes.
Parte de la cultura se «autotransmite» en función de su propia
dinámica, mientras que otra parte, en las sociedades
occidentales u occidentalizadas, es transmitida en instituciones
privilegiadas y especializadas que enfatizan los aspectos más
formales o, si se prefiere, más «académicos» de ella, pues en
gran medida sólo sirven para la academia, para la escuela. Por
ejemplo, los niños del Valle de Polaciones (Cantabria) no
aprenden la cultura de la ganadería de montaña en sus escuelas,
sino en su propio entorno familiar, a través de la manipulación
del ganado tudanco en la que sus propios padres les van
implicando gradualmente a través de tareas diferenciadas en
función de su edad y sexo.
Muchos movimientos
renovadores de la educación y, sobre todo, de la escolarización,
incluyen entre sus máximas acercar la escuela a la vida y de ahí
al medio en el que los escolares conviven cotidianamente. Con
ello se ha logrado, en contados casos, que se introduzca en la
escuela ese conocimiento cotidiano sobre la manipulación del
ganado tudanco (por seguir con el ejemplo), aunque luego no ha
sido conocimiento escolar utilizado fuera de la escuela. No
pocas veces esta introducción de la cotidianidad responde a
visiones idealistas y nostálgicas que acercan el mundo rural al
medio urbano en el que los escolares y la propia escuela se
desenvuelven. Otras veces, tales propuestas no pasan de ser
estrategias didácticas. No queremos decir con todo esto que la
escuela no trasmita la cultura, pues sabemos que parte de la
cultura se comunica a través de esa agencia, pero debemos ser
conscientes de que esa parte que allí se transmite está
destinada muy específicamente a la propia escuela, sirve para
«moverse» en la escuela como cultura escolar, y pocas veces hace
referencia a la cotidianidad extraescolar.
\n';
document.write(barra);
}
}
changePage();
="2">Es en el ámbito de las
relaciones sociales donde se produce, se conserva y se modifica
o cambia la cultura. Todas las culturas incluyen como procesos
básicos la transmisión y la transformación de sus formas
culturales, de modo que continuidad y cambio cultural son
procesos básicos de las mismas. Cuando hablamos de la educación
multicultural no nos referimos tanto a un proceso de transmisión
de cultura -pues ésta se difunde a través de su propia dinámica
interna-, sino a la promoción del conocimiento (crítico)
generado sobre ella. Los diferentes grupos humanos, productores
de cultura y transmisores privilegiados de la misma, poseen una
racionalidad propia sobre sus formas culturales específicas, es
decir, desarrollan un conocimiento implícito de su cultura (un
«saber cómo») y un conocimiento explícito, verbalizable (un
«saber qué») sobre ella. Con otras palabras, no sólo son
usuarios de su cultura, sino que son capaces de explicarla e
interpretarla.
Sin embargo, los estudios
realizados desde la sociología y la antropología sobre las
diferentes sociedades y culturas humanas, demuestran que el
discurso nativo sobre su propia cultura no coincide
necesariamente con el discurso elaborado desde las ciencias
sociales. Las razones de esta discrepancia son muy diversas y
tienen que ver con la dispar selección de los hechos relevantes
para la interpretación, el manejo diferente de los datos
empíricos y de estrategias metodológicas propias en las ciencias
sociales, la existencia de teorías y campos teóricos específicos
en estas ciencias, el uso de modelos interpretativos en ellas
ajenos a la lógica de los actores sociales, la existencia de
procesos cognitivos distintos que obedecen a racionalidades
distintas y, por supuesto, la funcionalidad social divergente
que poseen las formas culturales y el conocimiento de las
mismas.
Todo esto nos induce a
presentar una nueva propuesta sobre la educación multicultural.
El objetivo específico de ésta es transmitir, promover,
facilitar la comprensión crítica de la cultura, de las culturas.
Aunque llegamos a esta reflexión al enfrentar el discurso nativo
y su racionalidad con el discurso científico social y su
racionalidad, no queremos presentar la cuestión como un triunfo
de esta última. No tiene sentido hablar de tal «triunfo» por
cuanto la racionalidad de la ciencia socio-antropológica se ha
desarrollado en la atenta mirada a aquella otra racionalidad y
en la observación minuciosa de los comportamientos que emanan de
ella. Debemos aclarar todo esto para no caer en un etnocentrismo
epistémico desde el que toda racionalidad, incluso aquella que
tuviésemos que difundir para generar conocimientos críticos
sobre la cultura, estaría sojuzgada a la científica.
El término «crítico» en
este contexto es polisémico. Por un lado quiere decir
conocimiento científico, en el sentido de que se trata de un
conocimiento sistemático que va más allá del conocimiento vulgar
o espontáneo que pueden poseer tanto los científicos sociales
como los usuarios nativos o depositarios de la cultura que no se
ajustan a la rigurosidad del método científico y de las técnicas
de investigación de las ciencias sociales y, en concreto, de la
antropología. Un conocimiento de este tipo no se produce
exclusivamente en la academia, aunque debería ser siempre una
aspiración de ésta. Por otro lado, como consecuencia del
significado anterior, el adjetivo «crítico» quiere decir
«relativizador» sobre la propia cultura. En las sociedades
actuales se observa una tendencia a hacer absolutas las culturas
locales, regionales y nacionales con objetivos políticos,
nacionalistas e independentistas, o simplemente con finalidades
de reforzamiento de la propia identidad, en un marco de luchas
políticas y de redistribución del poder. Al mismo tiempo, se
aprecia una tendencia contraria que se manifiesta en procesos de
homogeneización y estandarización de la cultura bajo la
influencia, las directrices y los intereses de las
multinacionales de la información y de la comunicación y de sus
industrias culturales transnacionales. Ambos fenómenos se
presentan como dos características, no las únicas, de las
sociedades actuales, quizá contradictorias y quizá
complementarias. Ambas tendencias se han agudizado sin duda con
la crisis de los países del Este, pero sus raíces vienen de más
lejos y tienen que ver con la internacionalización del capital y
la división internacional del trabajo, con la configuración de
nuevos Estados, las luchas nacionalistas, la crisis de los
poderes oligárquicos tradicionales y la emergencia de nuevos
grupos sociales en el reparto del poder político y económico.
Un conocimiento
crítico-relativista de estas características no es un
conocimiento que exalta lo propio y desprecia lo ajeno, sino que
defiende aquello de lo propio que puede y debe ser defendido y
que respeta lo ajeno en igual forma. Inevitablemente nos viene a
la memoria el lema de la manifestación celebrada en Barcelona
contra el racismo en febrero de 1992: «Igualtat per viure,
diversitat per conviure» («Igualdad para vivir, diversidad para
convivir»), que refleja sintéticamente la intuición fundamental
que subyace en lo que estamos diciendo. Este segundo significado
del término «crítico», como relativizador sobre la propia
cultura, parte de la evidencia de la diversidad cultural y de
que cada grupo humano, en las diversas sociedades, decide y
configura históricamente las características que va dando a su
cultura en función de una gran variedad de condiciones
ecológicas, demográficas, políticas, sociales e ideológicas.
Pero con estas dos
acepciones del término «crítico» nada hemos dicho aún acerca de
la función que cumple el conocimiento sobre la cultura, o, más
en concreto, sobre el sentido, dirección o finalidad del
conocimiento. Y es que el conocimiento no es sólo el producto de
una operación mental, cognoscitiva, académica e interna a la
ciencia, sino también se desarrolla en unas condiciones sociales
y cumple finalidades sociales. Con otras palabras, el
conocimiento en ciencias sociales es un discurso sobre las
relaciones sociales envuelto en todos los celofanes sofisticados
que se quiera de métodos y técnicas, pero es un discurso social
y por tanto una práctica social.
Por todo ello, el término
«crítico» requiere un tercer significado complementario, que es
el de conocimiento alternativo. La educación multicultural debe
ser la potenciación, desde la escuela y otras instancias
educativas, de una reflexión social (de la que emergen varios
discursos), de la autocomprensión de los grupos humanos y la
autocrítica de las propias formas culturales, tanto
tradicionales como modernas, con el objeto de mejorar sus
propias condiciones de vida y afianzar su propia identidad
cultural bajo el reconocimiento y la aceptación de la diversidad
cultural.
En este punto creemos
acertado servirnos de la experiencia del proceso de generación
del conocimiento antropológico mediante la observación y el
cuestionamiento constante de las realidades a estudiar.
Construimos el conocimiento describiendo las observaciones
realizadas, que son complementadas con lo que se nos dice sobre
ellas. Lo dicho junto con lo hecho. Pero si añadimos la
dimensión «crítica» en el sentido en que aquí venimos
haciéndolo, debemos decir que generamos el conocimiento
antropológico a partir de la contrastación de aquellos datos con
otros de realidades distintas o distantes. Dicho de otra forma,
generamos ese conocimiento crítico mediante el proceso de
comprensión de lo propio en comparación con lo «ajeno». Así, si
lo que deseamos es que se produzca un conocimiento crítico sobre
la cultura propia, este conocimiento debe generarse en el
contraste constante con otras formas culturales, con otras
culturas. El propio principio epistemológico en antropología
relativo a «la distancia» (que no es, como algunos se empeñan en
considerar, una cuestión de longitud física), refleja con
claridad esta necesidad de la comparación, siendo en la
comparación donde mejor se puede construir el respeto y el
reconocimiento de la realidad multicultural.
Quizá necesitemos esta
«distancia» para darnos cuenta de que diferenciar no
equivale a discriminar y de que diversidad no equivale a
desigualdad. Educar desde y hacia la multiculturalidad
consiste en promover la toma de conciencia con respecto a estas
distinciones que estructuran la percepción de los seres humanos
y su presencia en el mundo. Quizá necesitemos de nuevo de esta
«distancia» para considerar si las escuelas, cualquier escuela
en el sentido occidental que conocemos, puede realmente ser
promotora de una educación cultural en el sentido del desarrollo
de la crítica cultural. Al final, una distancia justa y realista
puede colocar de nuevo cada cosa en su sitio y, de esta manera,
seguir sabiendo qué se puede esperar de la institución escolar:
un lugar para la producción cultural, que no es lo mismo que un
lugar para la crítica cultural.
Notas
(1) Ésta es una versión ampliada parcialmente
del trabajo con similar título publicado en la Revista de
Educación 302, 83-110, 1993. Es el resultado parcial de un
trabajo de investigación sobre la escolarización de hijos de
inmigrantes en escuelas españolas. Versiones anteriores fueron
discutidas en el International Symposium sobre «Europe in
Education» (Bad Urach, Alemania, 1992), en la conferencia
pronunciada en la School of Education de la Universidad de
California, Davis (I-XII-92) y en el ERASMUS Intensive Course
Intercultural Relations and Education: Theories, Policies and
Practices, Lisboa, Marzo 19-26, 1994.
Agradecemos a Concha Delgado Gaitán y a María Dolores Villuendas
los diversos comentarios a las anteriores versiones.
Agradecemos al Centro de Investigación, Documentación y
Evaluación (Ministerio de Educación y Ciencia), a la Dirección
General de Investigación Científica y Técnica (Ministerio de
Educación y Ciencia), a la Dirección General de Migraciones
(ahora en el Ministerio de Asuntos Sociales), a la Consejería de
Cultura de la Junta de Andalucía y a las Comunidades Europeas
(Programa meD-Campus) las diversas financiaciones obtenidas para
el desarrollo de la investigación.
Este trabajo fue publicado previamente en la «Revista de
Educación» del Ministerio de Educación y Cultura de España (núm.
302, septiembre-diciembre 1993). Se reimprime con la
autorización del editor.
(2) Las revisiones bibliográficas han sido
realizadas durante las breves estancias mantenidas en la
Universidad de California, Santa Bárbara (1991) y en la
Universidad de Stanford (1992). Agradecemos a la Dirección
General de Investigación y Ciencia de la Junta de Andalucía y al
Vicerrectorado de Investigación y Relaciones Internacionales de
la Universidad de Granada las subvenciones concedidas para el
desarrollo de estas estancias.
(3) Aunque reconocemos que existen ya varias
tipologías sobre educación multicultural a las que se puede
acudir, insistimos en nuestra propuesta de organizar el campo
desde la antropología; esto es, si acaso, lo que de
relativamente novedoso puede aportarse en esta primera parte.
(4) Para un mayor detalle sobre esta forma de
conceptualizar la educación, véanse García-Castaño (1990) y
García Castaño y Pulido (1993).
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FONTE: Revista
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