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Aspectos Didaticos de La Educación
Plurilingüe
Ignasi Vila
AUniversitat de Girona - Espanya
Facultat de les Cièncias de la Educació
INTRODUCCION
Las actividades de enseñanza-aprendizaje están reguladas
por el lenguaje. Dicha regulación no sólo se manifiesta en la
transmisión de conocimientos, sino en un sinfín de aspectos
relativos al propio proceso como, por ejemplo, la atribución de
sentido a las actividades escolares, la negociación de los
significados implicados en dichas actividades, etc. Por eso, el
dominio de las habilidades lingüísticas implicadas en el
contexto escolar aparece como un aspecto de enorme importancia
para el éxito o el fracaso escolar.
La enseñanza bilingüe o multilingüe comporta modelos de
organización escolar que tienen como objetivo posibilitar el
dominio de una o más lenguas a las que el escolar no tiene
acceso en su medio social y familiar. Es decir, la organización
escolar pretende suplir la falta de exposición a una o más
lenguas en contextos informales y, a la vez, posibilitar su
dominio para los usos formales. Para la consecución de estos
objetivos lingüísticos, la enseñanza bilingüe utiliza diferentes
recursos, pero probablemente el más importante consiste en
emplear la lengua o lenguas, objeto de aprendizaje, como
instrumento de enseñanza. En la educación bilingüe se asume que,
en la medida en que se hacen cosas con la lengua, no sólo se
aprende a realizar dichas cosas, sino que suplementariamente se
aprende también el instrumento que las vehicula. Por eso, dado
que las cosas que se hacen en la escuela se relacionan con la
enseñanza y el aprendizaje, la manera de aprender una lengua,
desconocida para el alumno, en el contexto escolar consiste en
enseñar y aprender a través de ella.
Ciertamente, ello puede aparecer como sorprendente. ¿Cómo
es posible enseñar y aprender cuando no se conoce la lengua que
regula el proceso de enseñanza-aprendizaje? ¿Cómo es posible
aprender algo (en este caso, el lenguaje) desde su uso cuando no
se sabe cómo usarlo? Y además, si el lenguaje regula las
actividades de enseñanza-aprendizaje y su dominio está en
relación con el éxito o el fracaso escolar, las propuestas de la
educación bilingüe pueden aparecer ante los ojos de muchas
personas como generadoras del fracaso escolar ya que el sentido
común nos lleva a pensar que difícilmente podemos aprender algo
si no "entendemos" lo que se nos enseña y, en este caso, la
posibilidad de promover comprensión está ligada a un instrumento
que no se conoce.
En esta exposición pretendemos contestar alguna de estas
preguntas. Para ello, la hemos organizado en diversos apartados.
En el primero, exponemos la concepción lingüística sobre la que
reposa la educación bilingüe y sus implicaciones sobre el
proceso de adquisición-aprendizaje de una segunda lengua. En el
segundo, tratamos alguna de las condiciones que se derivan de
dicha concepción para que la educación bilingüe tenga éxito. Por
último, hacemos explícitos los aspectos didácticos que se
derivan de ellas.
EL LENGUAJE: INSTRUMENTO PARA LA COMUNICACION Y LA
REPRESENTACION
A lo largo de la historia de la enseñanza de la lengua la
dicotomía instrumento versus objeto de estudio ha estado
presente. De hecho, en último término, la controversia reposa en
las distintas concepciones sobre el tipo de relaciones que se
postulan entre las dos funciones más importantes del lenguaje:
comunicación y representación. Así, tras Saussure, nadie duda de
la artificialidad del lenguaje; es decir, de su convencionalidad
y arbitrariedad, de lo cual se deduce su capacidad para reflejar
y generalizar la realidad, de modo que mediante el lenguaje los
humanos podemos hacer presente aquello que no está presente (re-presentación,
volver a presentar). En otras palabras, el lenguaje tiene una
naturaleza simbólica ya que el material del cual está hecho (palabras,
combinaciones de palabras, flexiones de palabras, etc.) es
artificial, es convencional y arbitrario. Pero, a la vez, nadie
duda tampoco de que los humanos empleamos el lenguaje en el
ámbito del contacto social, de modo que lo usamos para regular y
controlar nuestra conducta en relación con la conducta de los
demás y, por lo tanto, con una clara funcionalidad comunicativa.
La polémica, por tanto, no discute las funciones que cumple el
lenguaje, sino las relaciones que se establecen entre ellas.
Así, una concepción ampliamente extendida considera que en
la medida que el lenguaje es una conducta simbólica, su uso
obliga previamente a desarrollar la capacidad individual de
realizar conductas simbólicas. Es decir, siguiendo a Piaget, el
lenguaje sería la expresión de una capacidad más general en el
ámbito del conocimiento que posibilitaría a los seres humanos la
realización de conductas simbólicas y, entre ellas,
evidentemente, el lenguaje. En esta concepción, el uso del
lenguaje (la expresión o realización de una conducta simbólica)
sería posible gracias al desarrollo previo de la capacidad
individual de representar, ya que si el lenguaje cumple dicha
función, la inexistencia de esta capacidad impide su uso. Así,
la capacidad del sujeto para trabajar mentalmente con signos y
símbolos, permitiría su utilización en el ámbito de las
relaciones sociales, de modo que el desarrollo individual en el
sentido de la inteligencia representativa sería la causa de la
mejora en el uso del lenguaje.
Didácticamente, esta concepción, con unos u otros matices,
ha sustentado durante muchos años determinadas prácticas
educativas en el ámbito de la enseñanza de la lengua. Así, la
creencia de la preeminencia de la representación sobre la
comunicación, lleva a pensar que la mejora del lenguaje como
instrumento comunicativo es el resultado de la mejora de la
inteligencia representativa. Dado que esta inteligencia se
construye progresivamente a través de la interacción del sujeto
con el objeto de conocimiento, rápidamente podemos concluir que
de lo que se trata es que el sujeto actúe con el lenguaje como
objeto de aprendizaje, de modo que dicha actividad redundará en
la mejora del uso del lenguaje, ya que mediante sus acciones
construye progresivamente las estructuras representativas que
permiten el uso del lenguaje. Las prácticas educativas que
ejemplifican esta concepción son numerosas. Sin embargo, muchas
veces no se reconocen como pertenecientes a esta concepción. En
general, se piensa que la enseñanza de la lengua como objeto de
conocimiento es igual a enseñanza de la morfología o de la
sintaxis. Probablemente, ello sea cierto en algunos casos,
aunque no siempre; por el contrario, prácticas supuestamente
comunicativas, responden directamente a la concepción expuesta.
Por ejemplo, es habitual entrar en un aula de parvulario y
observar que los diferentes objetos están etiquetados mediante
la lengua escrita. Así, bajo una ventana está escrito el nombre
ventana o bajo una puerta el nombre puerta, etc. Sin embargo, en
los contextos sociales, jamás la lengua escrita tiene dicho uso.
Así, encima de una puerta puede haber rótulos en los que ponga
salida o entrada y en las ventanas de los trenes hay avisos
escritos sobre no arrojar cosas a la vía del tren o no sacar la
cabeza por el peligro que conlleva. En otras palabras, en la
vida real, la lengua escrita se emplea generalmente, al igual
que la lengua oral, para comunicar cosas y cuando toma la forma
de etiquetas lo hace en relación con las cosas que se pueden
hacer en el contexto social. Por ejemplo, en los grandes
almacenes, en donde se compra y se vende y, por tanto, deben de
existir referencias para que el hipotético comprador se oriente.
En otras palabras, las etiquetas en el aula se emplean de forma
radicalmente distinta a los usos sociales de la lengua escrita.
En el aula, prima la etiqueta, la relación a establecer entre el
referente y lo referido, al margen de cualquier intención
comunicativa, mientras que en los contextos sociales, tras
cualquier texto escrito existe una intención comunicativa y
prima, por tanto, la adecuación al interlocutor. Probablemente,
el ejemplo expuesto no sería reconocido como un tipo de práctica
educativa clasificable entre las prácticas que priman la
enseñanza de la lengua como objeto de conocimiento y, sin
embargo, tal y como hemos mostrado, entra claramente en dicha
clasificación.
Frente a esta concepción sobre las relaciones entre
representación y comunicación existe otra en la que se postula
que no existe preeminencia ni de la función comunicativa ni de
la función representativa. En esta concepción, se piensa que la
naturaleza del lenguaje no sólo es simbólica, sino también
social. De hecho, se afirma, siguiendo a Sapir, que el lenguaje,
capacidad exclusivamente humana, tiene su origen en los propios
intercambios sociales entre los seres humanos y, por tanto, su
función primaria es la comunicación. Ahora bien, el instrumento
lingüístico está constituido, como ya hemos dicho, por un
material de naturaleza simbólica, lo cual implica que para que
la comunicación sea posible los hablantes de una determinada
comunidad lingüística deben "pactar" la convencionalidad y
arbitrariedad implícita en el material del sistema lingüístico
que emplean. Cualquier otra consideración conduce a la
inutilidad del sistema. Las personas que componen una
determinada comunidad lingüística deben pactar el significado de
su material lingüístico, de forma que cuando alguién lo utilice,
el resto pueda compartir el referente. El resultado es que el
lenguaje, dadas las características de su material, implica un
nivel importante de generalización de la realidad y, por tanto,
se puede afirmar que, de una u otra forma, la refleja o la
representa. Así, el lenguaje se convierte también en
representación y permite un uso individual en el sentido de
conformar realidades ausentes, pasadas o futuras. En resumen, en
esta concepción, conviven dos ideas. En primer lugar, se concibe
el lenguaje como un instrumento cuya función primaria es la
comunicación y, por tanto, se afirma su primacía en el tiempo
tanto filogenética como ontogenéticamente. En segundo lugar, se
enfoca la función representativa del lenguaje como un producto
obligatoriamente necesario para que el lenguaje pueda cumplir la
función comunicativa, de modo que su uso obliga a la negociación
de sus arbitrariedades, lo cual se traduce en modificaciones de
las nociones conceptuales asociadas, las cuales permiten nuevos
usos del lenguaje.
Esta concepción que no prima ni la función representativa
ni la función comunicativa, postula que el avance en el dominio
del lenguaje responde al aprendizaje de sus usos sociales, de
modo que no existe posibilidad de progresar en el conocimiento
lingüístico al margen de su aprendizaje como instrumento en los
distintos contextos sociales. A la vez, afirma que en la medida
en que el lenguaje está conectado con el pensamiento, no existe
lenguaje al margen de las intenciones del hablante, el cual lo
emplea para que su interlocutor las reconozca en el ámbito de la
interacción social; es decir, en el ámbito de la atención y
acción conjunta de hablante-oyente. Por tanto, en esta
concepción, el lenguaje es, a la vez, instrumento al servicio de
la comunicación y la representación. Mediante el lenguaje
controlamos nuestra conducta en relación con la conducta de los
demás y viceversa, pero también controlamos nuestra conducta en
relación con nosotros mismos ya que, a medida que dominamos más
y mejor el lenguaje como regulador de los intercambios sociales
(y, por tanto, dominamos más y mejor sus arbitrariedades),
disponemos de un instrumento (que refleja y generaliza la
realidad) que podemos emplear en el ámbito de lo individual para
regular y planificar nuestra propia conducta; es decir, para
poder evocar y actuar mentalmente con la realidad que no está
presente.
Desde una perspectiva educativa, dicha concepción remite a
la idea de que las capacidades implícitas en el uso del lenguaje
se desarrollan en la medida en que se hacen cosas que requieren
el uso regulador del lenguaje. En esta perspectiva, de lo que se
trata es de enseñar la lengua en relación a los usos que se
requieren en el contexto social e institucional de
enseñanza-aprendizaje, de modo que aprendiendo a usar el
lenguaje se posibilita, a su vez, su aprendizaje como
instrumento de la inteligencia representativa. Evidentemente,
esta concepción no niega, como a veces se hace, la posibilidad
de aprendizajes de aspectos formales de la lengua como la
morfología o la sintaxis. Cualquier enseñante sabe que el
dominio de determinados aspectos formales de la lengua puede
comportar, especialmente en los cursos superiores de la
enseñanza obligatoria, mejoras en el uso instrumental de la
lengua. La discusión, por tanto, no es enseñanza de la gramática
sí o no, sino cómo y para qué se enseña gramática. Desde la
perspectiva instrumental de la enseñanza de la lengua, el
énfasis, como ya hemos dicho, se sitúa en relación con la
realización conjunta alumno-profesor de tareas que requieran el
uso del lenguaje, de modo que el alumno tenga algo que decir y
el profesor esté interesado en lo que le dicen. En este
contexto, se trata de enseñar a decir mejor aquello que ya se
dice, de modo que, en aquellas situaciones en las que el alumno
reconoce que el conocimiento de aspectos formales de la lengua
son pertinentes para la mejora de sus usos lingüísticos, sería
estúpido negarle al alumno dicho conocimiento. En definitiva, la
disyuntiva real en el ámbito de la enseñanza de la lengua no
remite tanto a los contenidos sino a la perspectiva que anima su
enseñanza.
La enseñanza bilingüe o plurilingüe asume una concepción
instrumental de la enseñanza de la lengua, en la medida que
propone que la forma más efectiva de aprender una lengua es a
través de su uso en relación con las cosas que se hacen en el
sistema educativo. Es decir, dado que la escuela es un contexto
en el que se enseña y se aprende, enseñar y aprender mediante
una leng
\n';
document.write(barra);
}
}
changePage();
ua distinta a la del alumno no sólo permite cumplir los
objetivos de la educación, sino además dominar una nueva lengua.
Ciertamente, su éxito está, como explicaremos a continuación, en
relación con el cumplimiento de dicho postulado y, por tanto,
con el mantenimiento de una perspectiva instrumental en la
enseñanza de la lengua.
ALGUNAS IDEAS SOBRE LA ADQUISICION DEL LENGUAJE
La concepción instrumental de la lengua que hemos explicado
tiene un apoyo empírico importante en los trabajos sobre
adquisición del lenguaje. No es este el lugar para recrearnos en
el proceso que siguen los niños y las niñas para adquirir su
lengua. Sin embargo, de su estudio se derivan algunos criterios
que, a nuestro entender, iluminan algunos aspectos de la
concepción que hemos desarrollado en el apartado anterior y que,
por tanto, son pertinentes para comprender la adquisición de una
segunda lengua desde un contexto educativo bilingüe o
plurilingüe. Por eso, en este apartado describimos algunos
aspectos relativos a la adquisición del lenguaje como buenos
ejemplos de la concepción descrita anteriormente.
Continuidad funcional versus discontinuidad funcional
Desde una perspectiva comunicativa, es difícil admitir que
los niños y las niñas comienzan a comunicar cuando empiezan a
hablar. Por el contrario, hoy existen numerosas evidencias que
sitúan el origen de los intercambios comunicativos mucho antes
de que aparezca el habla en sentido estricto. De hecho, de modo
global, en relación con el desarrollo de la comunicación podemos
hablar de una etapa prelingüística y de una etapa lingüística.
En relación con la primera, los procedimientos comunicativos que
emplean los bebés remiten a expresiones faciales, vocalizaciones,
gestos, etc., mientras que en la segunda, si bien se continúan
empleando estos procedimientos, la primacía remite al lenguaje.
Por eso, es lícito pensar que la aparición del lenguaje no
supone un cambio cualitativo en el ámbito de la comunicación
respecto a los procedimientos anteriores, dado que existe una
continuidad funcional entre ambos tipos de procedimientos. De
hecho, determinadas perspectivas funcionalistas sobre la
adquisición del lenguaje como las que se apoyan en el concepto
de acto de habla defienden esta posición y señalan la
continuidad funcional que existe, por ejemplo, en los
procedimientos para requerir, entre la señalización y la
afirmación quiero X. Ciertamente, algo hay de ello como veremos
a continuación, pero esta perspectiva olvida que la
generalización implícita en la señalización y en la producción
quiero X es cualitativamente distinta y, por tanto, más allá de
su uso concreto, las posibilidades implícitas en ambos
procedimientos son completamente diferentes. Mediante la
señalización no existe ninguna posibilidad de requerir un objeto
no presente, mientras que, alrededor de los 6 años, un buen
número de niños y niñas puede emplear la fórmula escrita quiero
X, en donde X se puede sustituir por muñeca, coche, colores,
etc., en una carta a los Reyes Magos. Por tanto, en el proceso
de adquisición del lenguaje, podemos admitir una cierta
continuidad funcional entre los procedimientos que se emplean en
la etapa prelingüística y los estrictamente lingüísticos, pero,
a la vez, también se debe postular una cierta discontinuidad
entre ellos. En lo que sigue exponemos nuestro punto de vista
sobre ambos aspectos y sus consecuencias para el tema que
estamos tratando.
Ya hemos dicho que hoy existen numerosas evidencias sobre
la existencia de intercambios comunicativos entre el bebé y sus
cuidadores desde mucho antes de que aparezcan las primeras
palabras. Durante bastante tiempo se pensó que los adultos iban
formando las conductas de los bebés progresivamente, los cuales
al inicio de la vida eran unos ineptos. Hoy en día sabemos que
no es así. Por el contrario, las capacidades que posee un bebé (las
cosas que es capaz de hacer) nos pueden llegar a parecer incluso
notables y, por tanto, nuestra comprensión actual del desarrollo
consiste sobre todo en conocer cómo los adultos coordinan y
sincronizan sus conductas con las que ya utiliza el bebé más que
en saber cómo el adulto forma las conductas del bebé. En este
sentido, nos interesa destacar dos aspectos. En primer lugar, el
adulto trata al bebé como si tuviera intenciones, deseos y
sentimientos semejantes a los de una persona adulta, de modo que
cuando sonríe es porque está contento o cuando llora lo hace
porque se siente incómodo y enfadado. Ciertamente, no es así, y
es difícil imaginar a un recién nacido con un grado de
conciencia semejante a la del adulto. Al inicio, la sonrisa y el
lloro no son conductas intencionalmente conscientes, sino que
responden exclusivamente a ritmos biológicos. Sin embargo, el
hecho de que el adulto las trate con el sentido que tienen en
nuestra cultura permite que en poco tiempo (alrededor de 3
meses) el bebé reconozca dichos procedimientos como pertinentes
para introducir cambios en su entorno humano y, por ejemplo,
sonreirá para obtener una sonrisa o llorará para ser alimentado
o cambiado de posición en la cuna. En segundo lugar, el adulto
sitúa las conductas del bebé y las suyas en un contexto social,
de modo que le "enseña" a emplear dichas conductas como
reguladoras de los intercambios sociales. En este sentido, lo
más sorprendente es el esfuerzo que realizan los adultos para
sintonizar sus conductas con las del bebé en una especie de
"toma-y-daca" que recuerda al diálogo entre un hablante y oyente.
Es decir, el adulto busca en todo momento situaciones del tipo "ahora
me toca a mí-ahora te toca a ti", en las que cada participante
adopta su turno. Este tipo de actividades posibilita que el bebé
reconozca la pertinencia y adecuación de sus conductas en
relación con las conductas de sus cuidadores, condición sine
quanon para la existencia de intercambios comunicativos.
Ambos aspectos son decisivos para la adquisición del
lenguaje. De hecho, ninguna madre ni ningún padre se propone
enseñar a su bebé el lenguaje como objeto de conocimiento y
programa el léxico que debe conocer al cabo de dos años o las
combinaciones de palabras que debe ser capaz de realizar. Por el
contrario, madres y padres hacen cosas con sus bebés, de modo
que el éxito en su realización lo consiguen en la medida en que
son capaces de "negociar" con ellos procedimientos que permiten
la regulación de la tarea en el sentido de los intercambios
sociales. Dicha negociación no parte de cero, sino que se
realiza en relación con las conductas que ya utiliza el bebé o
que va incorporando en la medida en que progresa su maduración
neurológica. De esta manera, desde el uso que el adulto atribuye
a las conductas del bebé, el niño progresivamente va
reconociendo su valor como conductas intencionales para adecuar
o modificar su conducta en relación con la conducta de los demás
y viceversa (adecuar o modificar la conducta de los demás en
relación con la suya). Por tanto, en el desarrollo de la
comunicación se van incorporando procedimientos que sirven para
regular las cosas que el bebé hace conjuntamente con sus
cuidadores, los cuales han de ser compartidos por ambos y, por
tanto, tienen un cierto grado de arbitrariedad y
convencionalidad. En esta evolución aparece un proceso de "sustitución
funcional" de modo que el bebé va reconociendo procedimientos
más eficaces y económicos para cumplir las mismas funciones que
antes cumplía con otros procedimientos. Por ejemplo, es más
eficaz y económico señalar hacia un objeto que se desea que
estirarse hacia él, con los dos brazos y la espalda extendidas,
en un esfuerzo de mostrar al otro que se quiere alcanzar el
objeto. Igualmente, es más eficaz y económico para el bebé de 12
meses señalar hacia la cocina, a la vez que vocaliza agua, con
el objeto de obtener un vaso de agua para calmar su sed que
coger la mano del adulto, llevarle a la cocina, señalar el grifo
o la nevera y comenzar a vocalizar o a gritar. Así, las primeras
palabras aparecen en continuidad funcional con procedimientos
anteriores, tras su reconocimiento como procedimientos más
eficaces y económicos para cumplir las mismas funciones
comunicativas que antes cumplía con otro tipo de procedimientos
como, por ejemplo, los gestos.
No obstante, como ya hemos explicado en el apartado
anterior, la eficacia y la economía está en relación con un
mayor grado de convencionalidad y, por tanto, con una mayor
capacidad, a la vez, de reflejar o generalizar la realidad y,
por tanto, cada nuevo procedimiento comporta, a su vez, nuevas
posibilidades comunicativas. Así, mediante la señalización no
únicamente se cumple la función de requerir un objeto al igual
que el gesto de alcanzar, sino que, a la vez, se permite una
nueva función: controlar la atención del adulto. Es decir, en el
proceso de "sustitución funcional", dinamizado por el
reconocimiento de la eficacia y la economía de la conducta en el
ámbito de la interacción social, se posibilita la aparición de
nuevos procedimientos y, a la vez, de nuevas posibilidades
comunicativas.
En relación con el lenguaje, no cabe decir que es por
naturaleza el procedimiento comunicativo que permite un mayor
grado de generalización de la realidad. Sin embargo, ello no
significa que, cada vez que se incorpora un nuevo procedimiento
lingüístico, se incorpora de golpe toda su arbitrariedad y, por
tanto, toda su capacidad para generalizar la realidad. Por el
contrario, tal y como hemos dicho, la palabra agua pasa al
repertorio conductual del bebé tras el reconocimiento de su
eficacia para obtener algo del adulto que calma su sed, pero es
evidente que el bebé no "sabe" que existe agua en la fuente, en
el grifo de su casa, en el mar o en una botella que se compra en
el supermercado. Es decir, agua no expresa o traduce una noción
conceptual que tiene un sinfín de ejemplares en la realidad. Por
el contrario, es a través del uso de la palabra agua que poco a
poco irá construyendo la noción conceptual asociada. Parece
claro que adulto y niño comunican sobre la realidad, de modo que
ésta es el punto de encuentro entre el lenguaje del adulto y el
lenguaje del niño. En dicho encuentro (es decir, cuando ambos
comunican sobre algo) aparecen, en el habla del adulto, usos
lingüísticos que el niño no espera y, a la vez, usos esperados
no aparecen. De este modo, a través del habla conjunta, el niño
va modificando el uso de su lenguaje en el sentido del uso del
adulto. En otras palabras, en la medida en que ambos emplean el
lenguaje para comunicar entre sí, "negocian" los usos
lingüísticos que emplea la comunidad en la que ambos están
insertados y, consiguientemente, como resultado de dicha
negociación, el niño construye poco a poco la realidad. Así, si
bien nuevos usos del lenguaje comportan nuevas
reconceptualizaciones, a la vez cada nueva reconceptualización
permite nuevos usos del lenguaje.
Por tanto, una concepción instrumental del lenguaje
determina que aprender a hablar es aprender a usar una lengua,
de modo que los adultos (los que ya dominan su uso) "andamian"
permanentemente los comportamientos infantiles en el sentido de
hacerlos más culturales y, a la vez, más eficaces. Dicho
andamiaje se realiza en el ámbito del intercambio social y, por
tanto, de la comunicación, de forma que aprendiendo a regular y
controlar sus intercambios sociales, el niño aprende además las
arbitrariedades lingüísticas que utiliza la comunidad a la que
pertenece.
ALGUNAS CUESTIONES A TENER EN CUENTA EN LA ENSEÑANZA DE LA
LENGUA
Hemos visto que la adquisición del lenguaje responde a un
proceso de enseñanza-aprendizaje que se realiza de manera
informal en los contextos interactivos adulto-niño. Sin embargo,
el proceso de enseñanza-aprendizaje de la lengua en el aula se
realiza en un contexto formal, lo cual lo caracteriza de forma
bastante distinta a lo que ocurre, por ejemplo, en el contexto
familiar. Ciertamente, ambos contextos comparten un mismo
aspecto: los intercambios comunicativos que se realizan en ellos
se regulan mediante el lenguaje y, por tanto, como ya hemos
dicho, lo importante es determinar los usos lingüísticos en uno
y otro contexto. En este sentido, no cabe decir que los usos
formales e informales de la lengua son distintos o, en otras
palabras, las cosas que se hacen con la lengua en los contextos
formales e informales son diferentes. En el aula, contexto
formal por excelencia, se enseña y se aprende; es decir, los
usos lingüísticos están imbricados en el propio proceso de
enseñanza-aprendizaje, se emplea la lengua para enseñar y
aprender. En los contextos informales, por el contrario,
normalmente no existen intenciones educativas explícitas, sino
que adulto y niño hacen y resuelven juntos cosas relativas a la
vida cotidiana (alimentarse, jugar, etc.) y, en la medida en que
lo hacen, el niño aprende a usar más eficazmente procedimientos
que ya usa. Ciertamente, esta distinción vale únicamente en lo
general, ya que es cierto que existen familias en las que se
producen aprendizajes que responden a intenciones explícitas de
los cuidadores y, en la escuela, existen también situaciones
informales como el patio, la media pensión, etc.
A pesar de esta distinción, hemos afirmado que las cosas
que se hacen en ambos contextos se regulan mediante el lenguaje.
Por tanto, para nosotros, lo diferente en un contexto informal o
en un contexto formal no es el carácter instrumental del
lenguaje, sino las cosas que se realizan en dichos contextos.
Por eso, desde nuestro punto de vista, enseñar lengua de manera
explícita y consciente en el contexto del aula comporta enseñar
a usar el lenguaje en relación con las actividades de
enseñanza-aprendizaje que, en definitiva, son las cosas más
importantes que se realizan en el contexto escolar.
Por eso, la enseñanza bilingüe propone que la mejor manera
de aprender una lengua que no es posible adquirir en los
contextos informales es enseñar y aprender mediante ella. Es
decir, en la medida que los niños y las niñas aprenden cosas
mediante un vehículo que no es su lengua familiar, no sólo
adquieren nuevos conocimientos, sino que además incorporan el
conocimiento de una nueva lengua. Evidentemente, dicho
planteamiento sólo es válido en la medida en que los escolares
aprenden cosas y, por tanto, en la medida en que progresivamente
van dominando el instrumento que vehicula y mediatiza los
procesos de enseñanza-aprendizaje.
El éxito de la enseñanza bilingüe remite, por tanto, a un
tipo de actividad didáctica que enseñe lengua a través de sus
usos en las actividades de enseñanza-aprendizaje que son propias
del contexto escolar. En otras palabras, se trata de concebir la
lengua como el vehículo que mediatiza las actividades escolares
y no como objeto de conocimiento en sí mismo. Este planteamiento
comporta un tipo de condiciones o requisitos que, por otra
parte, son propios de la enseñanza de la lengua en general y no
sólo de la enseñanza bilingüe, aunque lo que caracteriza de
forma diferente la enseñanza en la propia lengua y la enseñanza
a través de una segunda lengua consiste en que, si la enseñanza
bilingüe no tiene en cuenta dichos requisitos, probablemente el
fracaso escolar esté garantizado ya que las posibilidades que
tiene el escolar de aprender la lengua que emplea la educación
sólo remite al contexto escolar. En lo que sigue, trataremos de
hacer explícitas dichas condiciones que se apoyan en las
consideraciones anteriores.
CONDICIONES DIDACTICAS DE LA EDUCACION BILINGÜE
La concepción instrumental del lenguaje comporta dos
aspectos relativos a su adquisición o aprendizaje que están
íntimamente ligados: motivación y actitudes. Ciertamente, ambas
cuestiones han recibido con todo merecimiento un largo
tratamiento en la literatura sobre la enseñanza de la lengua,
pero creemos que es importante recordarlas porque, a nuestro
entender, son decisivas para comprender el éxito el fracaso de
la enseñanza bilingüe.
Comenzaremos con la motivación. Anteriormente, hemos
afirmado que el lenguaje se incorpora desde la interacción
social a través de su reconocimiento como un procedimiento
eficaz y económico para regular y controlar los intercambios
sociales. Por eso, lo decisivo en el aprendizaje de un idioma
remite al deseo de mantener intercambios sociales con personas
que lo dominen (y, consiguientemente, lo enseñen). El bebé
progresa en el dominio de la comunicación sólo en la medida en
que desea mantener contacto social con sus cuidadores, de modo
que debe "negociar" procedimientos arbitrarios para determinar
cuando quiere establecer una relación social, cuando desea
acabarla, qué tipo de relación desea establecer, qué aspecto de
la realidad desea compartir, en qué lugar, etc. En otras
palabras, el deseo o la necesidad de regular y controlar
intercambios sociales se convierte en la fuente de motivación
más importante para incorporar el lenguaje.
Dicho deseo o necesidad no está al margen de las cosas que
el bebé y el adulto hacen y comparten juntos. En definitiva,
dichas cosas tienen sentido para el bebé: éste desea hacerlas,
bien porque disfruta con ellas y se divierte, bien porque
estimulan su deseo de conocer y de organizar progresivamente la
realidad. Evidentemente, estos dos últimos aspectos están
directamente relacionados ya que el avance en el conocimiento
comporta también satisfacción. Lo importante es saber que quiere
conocer el aprendiz, que es lo que tiene sentido para él y, a la
vez, cómo conseguir que determinados conocimientos cobren
sentido por sí mismos y pasen a formar parte de la curiosidad
del que aprende.
En el contexto familiar, el lazo afectivo que se establece
entre el bebé y sus cuidadores es un factor muy importante para
que el bebé se interese en hacer las cosas que el adulto le
propone. Sin embargo, en el contexto escolar resulta más difícil
que los alumnos y las alumnas se interesen por las actividades
que se proponen en el aula. Más allá de las dificultades, la
práctica educativa ha desarrollado una amplia gama de recursos
para conseguir que las actividades de enseñanza-aprendizaje que
se proponen en el aula tengan sentido para los escolares. Por
ejemplo, resulta difícil pensar que los niños y las niñas de
parvulario encuentren algún sentido a realizar actividades
repetitivas de estructuras lingüísticas o de léxico sin que ello
se inserte en algún tipo de tarea en la que dichos
procedimientos resulten pertinentes y funcionales para su
resolución. A veces, pensamos que los escolares de parvulario
son moldeables ante cualquier práctica educativa si se les
presenta en forma de juego. Sin embargo, ello no es cierto. De
hecho, existen juegos en los que el lenguaje se trata como un
objeto en sí mismo sin que tenga ningún tipo de relevancia en
relación con la tarea propuesta, de modo que el hablar o el
escuchar se convierten en actividades en sí mismas sin ningún
referente instrumental. Se habla por hablar o se escucha por
escuchar. Estas actividades, independientemente de que se
presenten en forma de juego o no, remiten a un tipo de tareas en
las que el lenguaje es tratado como un objeto formal de
aprendizaje y, por tanto, de lo que se trata es de repetir más o
menos sistemáticamente el léxico y las estructuras propuestas
por el adulto. Difícilmente, a la larga, estas actividades
pueden tener sentido para los escolares y, por tanto,
difícilmente pueden convertirse en contextos de
enseñanza-aprendizaje de la lengua.
Además, este tipo de prácticas tienen un problema
adicional: se presentan como homogéneas, de modo que todos los
escolares han de hacer las mismas cosas y, más o menos, en el
mismo tiempo, lo cual dificulta aún más que cobren sentido para
muchos de ellos. Por el contrario, frente a este tipo de
prácticas educativas, en los parvularios se han desarrollado
actividades bajo el nombre de centros de interés, rincones,
proyectos, etc. en las que el lenguaje cobra sentido en la
medida en que su dominio está directamente en relación con la
resolución de la tarea. Además, éstas se presentan de forma
diversificada, de modo que cada escolar puede recibir la ayuda
pedagógica que "andamie" su aprendizaje. Ciertamente, estos
planteamientos también pueden convertirse en prácticas
homogéneas de modo que todos los alumnos deban hacer exactamente
lo mismo (por ejemplo, en los centros de interés o en los
rincones) tenga o no sentido para ellos. Por eso, si bien
existen prácticas que facilitan más la diversificación y la
posibilidad de encontrar ayudas individuales en el propio
proceso de enseñanza-aprendizaje, lo fundamental es reconocer en
ellas su capacidad para que cada escolar encuentre sentido a
algunos de los diversos conocimientos que se requieren para la
resolución de las tareas propuestas.
El tema de la motivación está relacionado con la cuestión
de las actitudes lingüísticas. Difícilmente se puede aprender
una lengua que no se desea aprender. Por eso, el mantenimiento
de actitudes positivas hacia la lengua objeto de aprendizaje a
lo largo de la enseñanza es uno de los requisitos fundamentales
de la enseñanza bilingüe. La cuestión de las actitudes no
implica la existencia de actitudes positivas al inicio del
programa que, evidentemente, deben existir, sino algo,
probablemente, tan o más importante, su mantenimiento a través
del tiempo desde las propias actividades de
enseñanza-aprendizaje.
Los escolares que se incorporan a un programa de educación
bilingüe (programa de mantenimiento de su lengua familiar o
programa de cambio de lengua hogar-escuela) deben asumir, más
tarde o más temprano, que una parte importante de las
actividades que realizan en el contexto escolar las vehiculan
mediante una lengua distinta a su lengua propia o habitual. Ello
puede conllevar la modificación de actitudes inicialmente
positivas si la lengua propia del escolar no recibe un trato
exquisito a lo largo de la escolaridad. En este sentido, la
educación bilingüe adopta normalmente dos tipos de prácticas
educativas que se relacionan con el mantenimiento de actitudes
positivas hacia la segunda y la propia lengua del escolar.
En primer lugar, la práctica educativa bilingüe centra sus
esfuerzos didácticos en los aspectos de comprensión del lenguaje,
a la vez que crea contextos de uso para que emerja la producción
lingüística. Ello implica que nunca se fuerza a un escolar a
realizar
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sus producciones en segunda lengua, sino que siempre se
deja en sus manos la lengua a utilizar en sus intercambios
lingüísticos. Por ejemplo, esta práctica en los programas de
cambio de lengua hogar-escuela conlleva que, por término medio,
a lo largo del segundo semestre del segundo año escolar, el
alumno comience a emplear de forma habitual la segunda lengua
para regular sus intercambios lingüísticos con la maestra del
aula. Las razones que aconsejan este tipo de práctica educativa
son dos. La primera porque algo de comprensión siempre precede a
la producción lingüística. Si no hay comprensión, difícilmente
puedes usar aquello que no sabes para lo que sirve. La segunda
porque el escolar puede rechazar la segunda lengua al no
permitírsele utilizar la suya propia. Es decir, difícilmente
podemos esperar que un escolar incorpore la lengua de una
persona que sistemáticamente niega la suya propia (¿por qué he
de respetar y aprender la lengua de alguien que no respeta y
niega la mía propia?)
En segundo lugar, la educación bilingüe requiere
profesorado bilingüe. Sin esta condición la anterior tampoco es
posible. Por ejemplo, el profesorado de la enseñanza bilingüe en
programas de cambio de lengua hogar-escuela debe utilizar
siempre la segunda lengua por razones obvias, pero a la vez debe
conocer la lengua del alumno, de modo que cuando éste se exprese
en su propia lengua, su tutora o tutor le comprenda y no se
rompa el flujo lingüístico entre ambos.
Por último, junto a los aspectos relacionados con la
motivación y las actitudes, la enseñanza bilingüe introduce otro
aspecto importante relacionado con su práctica educativa: asume
que el proceso de adquisición de la segunda lengua se realiza de
una forma natural de modo relativamente semejante a como lo
hacen sus pares monolingües. Ello aún es más cierto si la
enseñanza bilingüe se practica desde edades muy tempranas. Esta
idea comporta que los escolares, independientemente de su edad,
se incorporan desde el inicio a actividades conjuntas con sus
cuidadores en las que la lengua únicamente es su instrumento
regulador. Así, en parvulario, por ejemplo, son tan importantes
para adquirir la segunda lengua las actividades que se realizan
en el aula para aprender matemáticas, incorporar destrezas
artísticas, etc. como las actividades informales relacionadas
con el cuidado del niño o su divertimento (alimentación, juego
libre, etc.). En cursos posteriores, la situación cambia y las
actividades del aula pasan a ser las fundamentales.
Hasta aquí, algunas reflexiones sobre la práctica educativa
en la educación bilingüe. En definitiva, podríamos concluir
diciendo que el éxito de la educación bilingüe queda garantizado
cuando desde la propia práctica escolar se consigue que los
alumnos y las alumnas deseen usar la segunda lengua como
reguladora de sus actividades que, en último término, en la
escuela acostumbran a ser situaciones de enseñanza-aprendizaje.
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